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Publicado por:

Nova Casa Editorial

www.novacasaeditorial.com
info@novacasaeditorial.com

© 2017, Elena García
© 2017, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor
Joan Adell i Lavé

Coordinación
Abel Carretero Ernesto

Portada
Daniela Alcalá

Maquetación
Daniela Alcalá

Corrección y Revisión
Abel Carretero Ernesto

Fotografía portada
María G. Carvallo

ISBN: 978-84-16942-93-0

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

Índice

Portadilla

Sinopsis

Dedicatoria y agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Epílogo

Elena García

Sinopsis

Las imprudencias se pagan y eso es algo que, por desgracia, Álex sabe muy bien. Un hombre atormentado por una mala decisión. Una promesa cada día más difícil de cumplir y un sentimiento que creía olvidado amenazan con florecer de nuevo en su interior...

¿Qué secretos guarda el misterioso Álex? ¿Quién es esa mujer que lo está volviendo loco?

Dedicatoria y agradecimientos

A ti, a quien tanto añoro. Por haber sido siempre mi pilar de apoyo. Por animarme a perseguir mis sueños y demostrarme que la edad no es un obstáculo. Tus palabras marcaron mi vida y me hicieron fuerte. Gracias a ti soy quien soy. Te quiero, abuelo.
A mi marido, por ceder a mi capricho de convertirse en la portada de esta historia. Porque no imagino a nadie mejor en ella. Por ser mi inspiración, mi soporte y mi cimiento.
A mis hijos, por haber aguantado con madurez mi ausencia mientras me daba a estas líneas, porque gracias a su apoyo y comprensión todo ha sido mucho más fácil.
A mis padres y hermanos, porque cada uno a su manera ha sabido motivarme con su confianza. Gracias por todo lo que estáis haciendo.
A mis grandes amigos Juanma y Nieves, por estar siempre ahí. Por acompañarme en esta aventura y por esos grandes momentos que me estáis regalando.
Y, sobre todo, a mis chicas (y chicos) de Wattpad y Facebook. Sin ellos, este sueño nunca se hubiera cumplido.

Capítulo 1

Álex

Me recuesto en el asiento del coche y miro la foto de Mario que tengo en el salpicadero. No me fiaría jamás de un tipo así...

Pongo un poco de música relajante. Solo me queda esperar a que Natalia y su amiga salgan de la sala de conciertos y asegurarme de que llegan bien a casa.

Mi teléfono vibra.

—Dime, César.

César, además de mi jefe, también es mi mejor amigo. Por fin ha conseguido enmendar algo en su vida convirtiéndose en un gran médico. Pero el día que nos conocimos él estaba tan o más perdido que yo. Ambos por desgracia cargamos con un gran peso sobre nuestros hombros. Quizá fue eso lo que nos unió. Imagino que de ahí viene el refrán “Dios los cría y ellos se juntan”.

—¿Has dado con ellas? Estoy preocupado, no me gusta que salga sola con Laura —se ha tomado muy en serio la protección de Natalia. Una pobre chica que conoció en su consulta y a la que su antiguo novio ha estado golpeando hasta hace solo unos días.

—Sí, tranquilo. Están dentro de una sala —me pidió que las siguiera cuando se enteró de que salían y por eso estoy aquí.

Le indico la zona.

—¡Qué casualidad! —dice sorprendido—. Estoy pasando ahora mismo muy cerca de allí. Acabo de terminar en el hospital y he tomado otra ruta.

Desde mi posición puedo ver a una pareja saliendo del edificio y caminando por la calle de mala manera. En un principio pienso que están bebidos, pero fijándome bien no parece ser el caso. Él va dándole patadas en las piernas a ella con la intención de que camine más deprisa. En uno de los golpes la muchacha cae de rodillas, y el muy cabrón, en vez de ayudarla, aprovecha para asestarle otra patada en la espalda.

—¡Maldito hijo de puta! —digo en alto.

—¿¡Qué!? —pregunta César.

—No. Perdona. No es a ti —contesto rápidamente—. Estoy viendo a un cabrón golpear a una chica.

—¡Haz algo! —se altera. César siente demasiado desprecio por este tipo de personas.

Me incorporo y arranco el motor del coche. «Le daré un buen susto a ese desgraciado...», me digo. Mientras el animal intenta levantar a la mujer tirando fuertemente de su brazo, una farola alumbra sus rostros.

—¡Es Natalia! —grito—. ¡Mario es quien la está golpeando! —lanzo el teléfono sobre el asiento del copiloto, piso el acelerador y me dirijo a toda velocidad hacia ellos. Cuando estoy bastante cerca, freno bruscamente y giro el coche para cortarles el paso. Si no estuviera Natalia con él, juro que le hubiera pasado las cuatro ruedas por encima. Aun así, he estado a punto de golpear su maldito cuerpo. Lástima que haya conseguido esquivarme.

Salgo del coche y unas potentes luces me deslumbran. Un vehículo viene a gran velocidad hacia nosotros, y sé de quién se trata. César frena tan bruscamente como yo y baja velozmente del vehículo. Cuando se coloca delante de ellos no puedo evitar sonreír. Presiento que voy a divertirme...

—¡Suéltala o lo lamentarás! —grita César.

Me coloco a su derecha para no perderme detalle. Mario empuja a Natalia en ese momento y cae a mis pies. Tiro de ella y con algo de esfuerzo consigue ponerse en pie de nuevo. Debe de haberse hecho daño.

—Natalia, ¿estás bien? —pregunto mientras busco algún daño en su cuerpo. Asiente y me tranquilizo.

César se lanza sobre Mario y los dos caen al suelo. Con un hábil movimiento mi amigo consigue colocarse sobre él. Sé lo que está haciendo, hemos practicado muchas veces esto en el gimnasio del hotel.

Un golpe tras otro comienza a impactar sobre el rostro de Mario. No puedo negar que estoy gozando como un cabrón... No le da opción a defenderse. Está machacando su cara y temo que le hunda la nariz. Podría provocarle algún daño cerebral importante y buscarse un problema por ello.

—Vamos, César, para o lo matarás —le digo mientras trato de separarles.

Tiro de sus hombros, pero consigue soltarse. Lo intento de nuevo, aunque está tan fuera de sí que si me acerco más de lo necesario también me golpeará a mí. El gallina de Mario se tapa la cara con los brazos como si fuera una niña asustada y César sigue golpeándole sin control.

—¿Qué se siente, hijo de puta? —le grita—. ¿Te gusta esto, gran hombre? —Mario no contesta. Está escondido detrás de sus codos.

—¡Para! —digo. Si sigue así, lo matará. Consigo meter mis brazos debajo de los suyos y lo inmovilizo. Tiro de él y se lo quito a Mario de encima. Debería agradecérmelo...

—¡Suéltame! —grita César, pero no le hago caso; ahora mismo no es dueño de sus actos.

Lo arrastro mientras patalea.

—Suéltame, Álex, tengo que acabar con este cabrón —dice retorciéndose para escapar.

Si por mi fuera dejaría que lo hiciera papilla. Es lo único que merece el exnovio de Natalia.

—No permitiré que tengas problemas con la justicia por este indeseable —le digo con esfuerzo. No para de forcejear.

Mario se pone en pie. Está mareado y se tambalea. Nos mira con odio. Su cara parece una bandeja de lasaña.

—¡Habéis cavado vuestra propia tumba! —se toca las heridas y se mira los dedos—. Y tú, putita... —señala a Natalia— no vas a tener tanta suerte la próxima vez —como es normal, César se cabrea más, con lo que tengo que sujetarle más fuerte.

A medida que Mario se aleja el cuerpo de César comienza a relajarse y le libero poco a poco. No termino de fiarme.

—¿Te ha hecho daño? —le pregunta a la chica.

—No demasiado... —contesta ella para no echar más leña al fuego.

Tengo la impresión de que estos dos van a acabar juntos. En ese momento César abraza a Natalia y pongo mis ojos en blanco. «Lo que yo sabía», me digo.

—Ya ha pasado todo —dice mi amigo cariñosamente, por lo que me incomodo. Cuando estoy a punto de dejarles solos algo llama mi atención.

—¡Naaaaaaaaaata!, ¡Nataaaaaa! —una horrible y chillona voz suena detrás de nosotros—. ¡Nata, por el amor de Dios! ¿Dónde estabas? —mis tímpanos se resienten—. ¡Alguien dijo que había pelea y no te vi dentro! ¡Me asusté! —parece estar hecha de puro nervio.

A medida que se acerca me fijo mejor en ella. Solo he podido verla de lejos y parece una mujer bastante atractiva. Tiene cada curva en su justo lugar... Su cabello es rubio y liso, y sus ojos grandes y expresivos. Para mi desgracia y aunque lo intento, no puedo distinguir el color de sus iris, ya que hay poca luz, pero no parecen muy oscuros.

Natalia le cuenta lo ocurrido bastante afectada. Me sorprende la actitud de Laura, parece preocupada, y al momento bromea sobre lo que acaba de ocurrirle a su amiga como si no tuviera importancia... «Qué raro...», me digo.

César y Natalia deciden volver a casa, y yo me ofrezco para acompañar a Laura hasta su coche. Quiero ver si consigo averiguar algo más sobre ella. Es todo muy extraño... ¿Cómo ha conseguido Mario saber que estaban aquí?

Capítulo 2

—¿Eres muy amigo del guaperas? —pregunta mientras caminamos.

—Podría decirse que sí...

César siempre ha provocado esa reacción en las mujeres. Todas de una manera u otra acaban fijándose en él. Y cuando se enteran de que es médico, literalmente le acosan. Él se lo toma con humor, pero yo no podría soportarlo. Hace tiempo me juré que no volvería a acercarme a una mujer de esa manera...

—¿Vas mucho al gimnasio? —me mira descaradamente.

—Me gusta cuidarme —contesto.

—Ya veo... —sonríe pícaramente, consiguiendo hacerme sentir incómodo.

Solo hemos cruzado un par de frases y ya puedo asegurar que esta mujer no conoce la palabra vergüenza.

—¡Mierda! —dice de pronto, y miro en su dirección—. Ven un momento —mueve su mano para que me acerque.

Cuando estoy lo suficientemente cerca de ella, pone su mano en mi hombro, y siento un calor extraño atravesar mi ropa. Levanta uno de sus pies y se quita el zapato.

—¿Qué haces? —pregunto extrañado.

—Quitarme una puta piedrecita que me está jodiendo el pie —me sorprende su manera de expresarse. Si mi abuela viviera diría que no es propio de una señorita hablar así.

Mientras sacude su calzado aprieta fuerte sus dedos en mi hombro para no caerse. La sensación de calor es cada vez mayor, y no puedo evitar mirar. Su mano parece suave, sus dedos son largos y delgados, y tiene las uñas arregladas y pintadas de rojo. Mi color favorito. Cuando termina, se aparta y siento frío donde antes estaba su palma.

—¿Mejor? —pregunto antes de seguir la marcha.

—Pues la verdad es que no... Hay algo dentro que me sigue molestando.

—Déjame ver —extiendo mi mano para que me lo entregue—. No es una piedra. Hay un cristal clavado en la suela —trato de sacarlo, pero está tan incrustado que es imposible.

—Vaya nochecita... —dice quitándome el zapato. Camina cojeando porque uno de sus pies está descalzo.

—¿Queda muy lejos tu coche? —sé perfectamente dónde está, pero finjo no saberlo. Todavía queda mucho para llegar, y al ser una zona de copas sobre el asfalto hay varios cristales rotos.

—La verdad es que sí... —resopla—. Toda esta zona estaba abarrotada de coches cuando vinimos y no había dónde aparcar. No me quedó más remedio que dejarlo lejos.

Tomo una gran bocanada de aire. No me creo lo que voy a hacer. Cada vez caigo más bajo. Voy a pasar de niñera a mula de carga.

—Te llevaré hasta el coche —me mira extrañada mientras me pongo delante de ella—. Sube a mi espalda.

—¡Oh, Dios mío! —da palmaditas, y antes de que pueda arrepentirme, de un salto sube a mi espalda—. ¡Arre, burro! —clava sus talones en mis caderas.

Cierro los ojos fuertemente para contener mis ganas de lanzarla contra el suelo.

—Si vuelves a hacer algo así irás caminando —respondo malhumorado.

—Qué susceptible eres, cielito... No aguantas una broma.

—Puedo aguantar una broma, pero no idioteces de este tipo —se queda callada. Tengo la impresión de que he sido demasiado duro. Si no tuviera que sonsacarle información, me alegraría por ello. Pero así no conseguiré lo que necesito—. ¿Conoces a Mario? —quiero hacerle un pequeño interrogatorio.

—Por desgracia... —contesta mientras camino con ella encima.

—¿Qué sabes de él? ¿Por qué estaba ahí?

—Ha sido todo culpa mía... —suspira cerca de mi cuello, y mi piel reacciona—. No pensé en que él podría estar allí cuando traje a Natalia. No caí en que a Mario también le gustaba ese grupo... —dice pesarosa.

—¿Dónde estabas cuando pasó todo?

—Estaba en la barra hablando con un chico guapísimo mientras esperaba a que Natalia saliera del baño.

—¿Desde cuándo las chicas van solas al baño? Tengo entendido que todas van siempre en grupo... —intento bromear para no levantar sospechas, pero nunca se me ha dado bien.

—Desde que tienen dos piernas —responde riendo. Creo que está queriendo evitar mi pregunta. Es más lista de lo que parece...

—¿No viste cuando Mario sacó a Natalia de la sala?

—Yo solo tenía ojitos para el morenazo que trataba de ligarme... —por alguna razón, no me gusta su respuesta.

—Ya veo que para ti es más importante cualquier tío que tu amiga en peligro.

—Te estás pasando, musculitos —intenta bajarse de mi espalda, pero no se lo permito—. Suéltame ahora mismo, ya me has cansado. ¿Estás insinuando que soy una zorra?

—No —digo secamente—. Ese pobre animal no me ha hecho nada para compararle contigo.

—¡Idiota! —golpea con el zapato mi cabeza. La suelto rápidamente.

—¡Joder! ¿Estás loca? —rasco mi coronilla

Se quita el otro zapato y camina deprisa por la calle. Me quedo inmóvil admirando cómo sus curvas se alejan. Cuando consigo reaccionar, tengo que correr para ponerme a su altura.

—Lárgate de aquí o te incrustaré el tacón en la nuca —está visiblemente cabreada.

—Menudo carácter tiene la rubia... —digo entre dientes y me oye.

—No te haces una idea —antes de terminar la frase se queja y para en seco—. ¡Mira qué ha pasado por tu culpa! —dice sin mirarme. Hay algo clavado en su pie.

—Déjame ver...

—¡No te acerques a mí! —saca un pañuelo del bolso y se limpia la pequeña herida. Tras un par de minutos, retoma la marcha.

Caminamos en silencio. Ella va centrada en no volver a pisar nada puntiagudo, y yo en toda ella. Espero que no se dé cuenta, pero no puedo quitarle el ojo de encima. Es tan atractiva como atrapante. La luna da de lleno en su rostro y realza todavía más sus perfectas facciones. Hacía años que no me fijaba en una mujer. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que alguien provocó una reacción así en mí. Un insulto al aire me saca de mi mundo. Ha vuelvo a hacerse daño. Mi paciencia tiene un límite y acaba de rozarlo.

—¿Dónde está tu coche? —me oriento y por fin lo veo—. Vale. Allí está.

—¿Cómo coño sabes tú cuál es mi coche? —acabo de meter la pata, se supone que yo no debería saber eso.

—Solo tú podrías llevar un escarabajo amarillo y no sentir vergüenza por ello —salgo del apuro.

—¡Eres muy irritante! —me grita mientras se pone en pie para continuar caminando. Aprovecho ese momento para cargarla sobre mi hombro—. ¡Bájame, animal! —golpea mi espalda con sus puños—. ¡Cavernícola! ¡Bájame o gritaré!

—¿Qué gritarás? Es lo que llevas haciendo desde que te conozco. Eres muy molesta.

—¡Me estoy despeinando! —grita de nuevo—. Vas a tener que pagarme la peluquería.

—No me lo puedo creer... —resoplo.

Varios minutos después, y harto de oír sus protestas, por fin llegamos. Cuando tiro de ella para bajarla noto que hace resistencia, agarrando mi pantalón.

—¿Se puede saber qué haces? —estoy realmente extrañado.

—Admirar las vistas un ratito más —dice tranquilamente—. Tienes un buen culo.

—Estás como una jodida regadera... —niego con mi cabeza y sonrío aprovechando que no me ve. Lo último que quiero es que crea que me parece graciosa. Con un rápido movimiento la dejo sobre el suelo.

Coloca su cabello y estira sus ropas. Tiene algo más de volumen, pero no le queda mal. Abre el bolso y saca las llaves y una pequeña tarjeta.

—Ten esto —sin pensarlo tomo la tarjeta entre mis dedos—. Con esas nalgas mereces mi número —me guiña uno de sus ojos y sube al coche. Me quedo inmóvil viendo cómo se aleja—. ¿De dónde coño ha salido esta mujer?

Capítulo 3

Los días siguientes pasan rápido. Son algo más ajetreados que de costumbre, pero no me importa. Todo sea por tener mi mente ocupada. Necesito distracciones... Llevo años peleando contra la depresión, y mantenerme activo es de gran ayuda. Desde entonces, me he vuelto un adicto al trabajo. Cuando me licencié en psicología, este tipo de trastornos parecían fáciles de tratar y curar si el enfermo ponía de su parte. Hasta que me tocó a mí pasar por ello. Realmente compadezco a las personas que lo sufren. Vivir sumergido en una nube de tristeza profunda día tras día es tan duro como agotador.

Cada mañana, al abrir los ojos, busco en mi interior algo a lo que agarrarme, pero no hay nada, me siento vacío y carezco de motivaciones... Me cuesta un mundo salir de la cama. Si por mi fuera, me pasaría la vida durmiendo. Es la única manera como desaparece ese dolor tan grande que siento en mi pecho. Ojalá todo hubiera sido un maldito sueño... nunca me lo perdonaré.

He estado muy cerca de atentar contra mi vida en varias ocasiones, pero gracias a César todavía estoy aquí. Aquella noche, sin saberlo, salvó mi vida. Lo tenía todo planeado... En cuanto llegara a casa, todo habría acabado para mí. Cuando me ofreció aquel ridículo trabajo en medio de nuestra borrachera y descubrí que él aún tenía el cerebro más deshecho que yo, y que eso no le impedía seguir luchando, me hizo reaccionar.

Lo que estuve a punto de hacer no era más que un acto de cobardía. No sabía enfrentarme a lo que me estaba ocurriendo ni tenía ánimo para poner en práctica mis conocimientos... Solo quería acabar con mi dolor cuanto antes y esa me pareció la manera más fácil y rápida de hacerlo. El saber que podría serle de utilidad a alguien me dio la fuerza necesaria para aguantar un poco más y descubrir que esa no era la salida ni la solución. A su vez, yo también fui un gran pilar para él. Nos apoyamos el uno en el otro, y poco a poco, aunque ambos arrastramos todavía con nuestros problemas, logramos salir adelante. Me convertí de manera consentida en su psicólogo personal, su niñera, su chico de los recados, su chófer, en el “burro” para sus amigas, y ahora en algo parecido a su guardaespaldas... Aunque entré como psicólogo en la policía científica, también ejercí como policía nacional y escolta.

Desde hace unos días, acompaño a Natalia a prácticamente todas partes. El cabrón de su ex novio les ha amenazado de muerte. César está bastante preocupado, y no le culpo. Ese tipo no parece de los que se andan con rodeos. Esa misma noche les siguió hasta el hotel y les golpeó con su coche mientras estaban estacionados. Estoy seguro de que hará cualquier cosa. La rubia tampoco me inspira mucha confianza. Parece que la amiguita de César no sabe elegir muy bien a sus amistades.

Voy de camino a reunirme con ellos. César me llamó hace un rato. Están en un pequeño pueblo de la provincia de Toledo y parece que Mario ha dado señales de vida... Temen que la tranquilidad de la que estaban disfrutando estos días se vea alterada por su presencia.

Aparco en la dirección que me ha dado por teléfono y espero. Diez minutos después, les veo aparecer. Me fijo en la mano de César. Está vendada. Hacía tiempo que no la veía así... Estoy seguro de que ha golpeado algo en uno de sus prontos. Sufre problemas de conducta a consecuencia de un trauma infantil y le cuesta contenerse cuando algo le altera. El nuevo sentimiento que está despertando Natalia en él debe tenerle algo más alterado. Llevaba años controlando sus crisis. Decido no preguntar para no incomodarle.

—Buenos días, señorita Natalia —fuerzo una sonrisa.

—Hola, Álex, ¿cómo tú por aquí? —me pregunta sorprendida. César responde por mí.

—Le he llamado yo —dice con decisión—. Álex estará con nosotros durante unos días... —no se me escapa la forma en que la mira—. Recuerda lo que dijo el agente respecto a nuestra seguridad. Él será el encargado.

—¿Crees que ya sabe dónde estamos? —le pregunta cabizbaja.

—No lo sé, Natalia. Pero ante la duda, toda protección es poca —asiento. Estoy totalmente de acuerdo con él.

—No quiero preocupar a mis padres...

—Ya lo has oído. Discreción total —me mira.

—No notaréis que estoy por aquí —respondo.

César y yo charlamos sobre la situación. La familia de Natalia no sabe nada, y debemos encargarnos de que siga siendo así. Al parecer, el padre de la chica está algo delicado de salud y no quieren preocuparles más de lo necesario. Cuando todo está hablado nos despedimos. Subo al coche con la intención de callejear para reconocer la zona. Si las cosas se ponen feas, necesito saber cuáles son las salidas que hay. Aunque el pueblo no es muy grande, mientras venía he podido comprobar que tiene demasiadas calles estrechas y callejones. No quiero verme atrapado en ninguno. Tres minutos más tarde, mi teléfono suena.

—Álex, ven a por mí, tenemos que salir para Madrid. ¡Ya! —César cuelga.

«Mierda», me digo. Le conozco demasiado bien como para saber que su tono de voz no esconde nada bueno. Doy la vuelta donde puedo y regreso.

—Te llamaré —le oigo decir mientras sube al coche. Pone los codos sobre sus rodillas y escucho cómo saca todo el aire de sus pulmones.

—¿Todo bien, amigo? —niega con la cabeza, pero no habla. No preguntaré hasta que no se tranquilice. Cuando está en ese estado necesita tiempo para reponerse.

Pongo algo de música relajante y espero paciente. Diez minutos después al fin habla.

—Es Erika... ha intentado suicidarse. Me ha llamado una compañera para avisarme.

—¿En serio? —digo sorprendido.

Erika es una antigua novia de César. Es alemana y cada vez que viene a España se aloja en el hotel que tiene mi amigo. Sé lo que busca, y en esta ocasión ha llegado demasiado lejos... Cada vez que intento abrirle los ojos a César acabamos discutiendo. Está totalmente llevado por ella y nunca me escucha. Le maneja como si fuera un muñeco de trapo.

—No debí haberla echado así... —niega con su cabeza. Hace solo unos días Erika hizo creer a Natalia que César no la quería a su lado y ello provocó una discusión entre ellos, y cuando este se enteró de cuál fue la intención la sacó del hotel sin dudarlo.

—Quizás está celosa y solo quiere llamar tu atención —me mira fijamente.

—¡Ella no es así! —dice casi gritando. Al ver que todavía la defiende, decido no volver a sacar el tema.

César abre la guantera del coche, aparta la libreta donde tomo todas mis notas y saca el cargador del móvil que tengo guardado ahí. Al hacerlo, deja caer la tarjeta de Laura. La toma con sus dedos y rápidamente busco una respuesta para darle si me pregunta, pero respiro aliviado al ver que, sin mirar, vuelve a guardarla donde estaba.

Tengo que admitir que no he podido sacar a esa mujer de mi cabeza en todo este tiempo. Hay algo en ella que no me acaba de convencer... Aunque en un principio parecía alterada, pronto dejó de preocuparle lo que le sucedió a su amiga. Sus expresiones faciales son difíciles de interpretar, y eso me pone nervioso. Es tan jodidamente atractiva que no soy capaz de pensar con claridad. Está despertando en mí sentimientos que tenía prácticamente olvidados y bajo llave. Debo tener cuidado... no puedo dejarme llevar. Es mi principal sospechosa.

Dejo a César en el hospital, estiro las piernas un par de minutos y vuelvo al pueblo. Una vez allí, mando un mensaje a Natalia, tal y como César me ha pedido. Quiere asegurarse de que tenga mi número por si ocurre algo mientras él no está.

Pasan los días y no tengo noticias de César. Algo raro está pasando... Su teléfono está apagado cada vez que le llamo. Reclino el asiento y duermo en el coche cerca de la casa, como he estado haciendo los últimos días. Aviso a Natalia cada vez que tengo que ir a por comida o a tomar una ducha a una de las habitaciones que César ha alquilado en un pequeño hotel para estar cerca de Natalia. No pienso apartarme de ella hasta que mi amigo esté de vuelta. Debo mantenerla a salvo. No sería capaz de perdonarme otro error como aquel... Ya habrá tiempo para descansar como es debido.

Los primeros rayos de sol se filtran por la ventanilla y me despiertan. Me siento rápidamente y froto mis ojos con las manos. No puedo creer lo que estoy viendo... Mi corazón, ese que creía muerto en vida, está latiendo fuertemente en mi pecho. La preciosa rubia de curvas perfectas está cruzando la calle delante de mí sin percatarse. Antes de tocar la puerta se coloca el pelo y las ropas. Una mujer de unos cincuenta años abre. Supongo que es la madre de Natalia. Laura es tan escandalosa que la oigo reír desde aquí mientras hablan. Increíblemente, ya no me molesta tanto.

Capítulo 4

Me pierdo en mis pensamientos durante un buen rato «¿Qué cojones me está pasando con esa chiflada? Es la segunda vez que la veo en mi vida y parezco un púber obsesionado». La puerta de antes vuelve a abrirse y tras ella salen varias personas. La rubia, Natalia y su padre. La madre se despide de ellos y los tres suben al mismo coche. Cuando han avanzado varios metros arranco y les sigo. Intentaré ser lo más cauteloso posible para que no se percaten de mi presencia. Tras varios minutos conduciendo, llegamos a las afueras del pueblo. Es el circuito del que me habló César. Al parecer, la familia de Natalia celebra todos los años una carrera benéfica y este año ella es una de las competidoras. Hay varias personas por allí colocando cosas. Aparco lejos de ellos y me bajo del coche. Camino hasta donde están y me quedo cerca de un pequeño almacén de ladrillos. Desde ahí puedo verles, pero ellos a mí no.

—¡Migueeel! —grita Laura, y salta efusivamente sobre un muchacho que hay por allí. Me tenso. Noto mi sangre hervir en ese momento—. «¿Por qué tiene que ser tan escandalosa y efusiva? ¿Tanto le gusta llamar la atención?».

—¡Hola, Laura! —se besan en la mejilla. Estoy empezando a sudar. Elegí mal sitio. Hace demasiado calor aquí.

Charlan y ríen durante varios minutos. Caminan hasta unas pistas y pasan la mañana señalizando curvas y preparando cosas para la competición que se celebra mañana. Todo parece ir bien, excepto que, por alguna extraña razón, le rompería la nariz a ese tío. Sin conocerle de nada me está empezando a caer fatal. Se le ve demasiado “chulito”. Lo único que busca es llamar la atención de las chicas con posturitas y bailes absurdos.

Vigilo durante horas los alrededores. Nadie sospechoso se les acerca y todo parece estar tranquilo. No puedo quitarle el ojo de encima a Laura. Doy gracias porque no sabe que la observo. Sus movimientos son tan femeninos y delicados que me distraen continuamente. Así no hay quien trabaje. Cuando parece que han terminado vuelven a reunirse en el mismo lugar de antes.

—¿Qué os parece si salimos esta noche a tomar algo? —dice el muchacho mientras seca el sudor de su cara con el bajo de su camiseta. Con ese movimiento deja al descubierto sus abdominales—. «Ya está otra vez mostrándose... no le soporto».

Los ojos de Laura se clavan rápidamente en sus marcados músculos y mi cuerpo se tensa. «No lo puedo creer. La rubia no se pierde ninguna oportunidad. ¿No se da cuenta de que con esa actitud parece una desesperada? ¿Nadie le enseñó a esta mujer a comportarse en público?». Si antes el tal Miguel me caía mal, ahora directamente me cae peor.

—La verdad es que sí. Quiero salir un rato —oigo decir a Natalia—. Pasa a recogernos a eso de las diez. ¿Te viene bien a ti, Lau? —estoy seguro de cuál será su respuesta.

—Em... sí... —dice babeando y sin quitarle el ojo de encima. Hasta el payaso ese parece haberse dado cuenta. Trago saliva e intento relajarme. Mi cuello está comenzando a protestar. Levanto uno de mis brazos para hacer un estiramiento y justo en ese momento Natalia gira su cabeza y me descubre. Debería tener más cuidado. Aunque ella sabe que estoy aquí, podría haberme visto alguien más. Pero estoy tan cabreado que no soy consciente de lo que hago. Tengo que calmarme. No hay razón para sentirme así.

Les sigo hasta la casa y espero paciente. Tras unas horas, veo un coche acercarse y estacionar en la entrada. Imagino que se trata de Miguel Ángel. Cuando toca el claxon y saca la cabeza por la ventanilla confirma mis sospechas. La puerta se abre y Natalia sale de la casa. Se ha puesto un vestido negro que no le queda nada mal. La respiración se me corta cuando tras ella aparece Laura enfundada en un apretado vestido rojo... De siempre ha sido mi color favorito, y verla así no hace más que reafirmarlo. Mi corazón late fuertemente. Se ve espectacular y radiante. El silbido de Miguel Ángel me saca de mi trance. Cuánto odio a ese tipejo.

Les sigo hasta el centro. Aparcan cerca de una piscina y yo lo hago un poco más abajo. No hace falta que salga del coche. Les veo perfectamente desde mi posición. Se han sentado en una terraza y les están atendiendo.

Tras varias rondas de bebidas sus movimientos corporales me indican que ya andan bastante perjudicados. No deberían tomar alcohol. Mañana es la competición y necesitan estar despejados. Cada vez que ese idiota pone la mano sobre el hombro de Laura mi cuerpo reacciona de mala manera. Me duelen los dedos de mantener mis puños apretados y contener mis ganas de salir y golpearle. «¿Por qué tiene que ser tan cariñoso con ellas?». Laura se levanta de la mesa y les deja solos. Camina hasta el bar. En mi retina queda por un segundo la imagen de sus caderas balanceándose mientras la pierdo de vista cuando entra.

“Estás muy guapa”, creo leer en los labios de Miguel Ángel. Pone la mano sobre la mejilla de Natalia y esta se tensa al instante. Responde algo que no logro distinguir y cruzan varias frases más. Está claramente coqueteando con ella. En dos ocasiones tengo que soltar la manilla de la puerta. Trato de calmarme para no salir del coche y romperle los dientes. Si César estuviera aquí ese tío sería hombre muerto. En un segundo, el muy cabrón se le echa encima y consigue besarla. Mi respiración se acelera y ya no puedo contenerme más. Abro la puerta y salgo disparado hacia ellos. Mientras corro puedo ver cómo Natalia forcejea y consigue apartarlo. Le abofetea furiosa. Eso no es nada comparado con lo que yo estoy a punto de hacerle. Toma su bolso y cuando se gira para irse consigo sujetarla por uno de sus brazos. No puedo permitir que se aleje mientras destrozo a ese individuo. Su protección está por encima de mis ganas de matarle.

—¿Qué pasa aquí? —digo malhumorado. Respiro agitadamente.

—¿Quién coño eres tú? —replica.

—Eso a ti no te importa —digo cada vez más cabreado. Noto palpitar la vena de mi cuello—. ¿Estás bien? —pregunto a Natalia mientras sujeto sus hombros para que me mire.

—Estoy perfectamente —ella también está molesta—. Y sé cuidarme solita, así que si no te importa déjame en paz —camina rápidamente mientras se aleja. Intento seguirla, pero Miguel Ángel me lo impide.

—Te ha dicho que la dejes en paz —siento arder mi sangre. Él también parece notarlo, porque comienza a apartarse de mí.

—A mí nadie me dice lo que tengo que hacer, y menos tú... —sujeto su camisa en un puño para que no se vaya, y cuando estoy a punto de golpear su cara, mi brazo se detiene.

—¡Álex! ¿Qué está pasando? —rápidamente me giro. Esa voz la conozco.

—¡César! Por fin apareces... ¿Dónde coño estabas? —no me da tiempo a hablar nada más con él. Corre en busca de Natalia. La hemos perdido de vista.

Valoro entre golpear a ese odioso ser o buscarla con él. Me decido por la segunda opción. Ya tendré tiempo para disfrutar la primera. Corro durante varios minutos por todas las calles de la zona. Me encuentro un par de veces con César, pero ninguno de los dos damos con ella. Parece como si la tierra se la hubiera tragado.

Mis pulmones arden, pero no pienso parar hasta encontrarla. No podría perdonarme si estando a mi cuidado llegara a pasarle algo. Giro en una esquina y me encuentro con ellos abrazados. El alivio que siento en ese momento es indescriptible. Me detengo y pongo las manos sobre mis muslos intentando coger aire.

—¡Maldita sea, Natalia! —apenas puedo hablar—. ¿Qué coño te pasa? —César me mira y pone su dedo en los labios en señal de silencio. Sabe que soy difícil cuando me cabreo, y Natalia parece estar llorando. Hace un gesto para que me marche y entiendo que quiere quedarse a solas con ella. Respeto su decisión, y sin decir nada más vuelvo a la terraza. Espero que Miguel Ángel esté todavía allí. Necesito desahogarme...

—¡Álex! —Laura viene corriendo hasta mí—. Por la descripción que me ha dado Miguel Ángel no podías ser otro —sonríe. Ella no sabía que estaba aquí—. ¿Habéis encontrado a Natalia? —dice clavando sus ojos verdes en los míos. Por fin puedo verlos a la luz. Son impresionantes, como toda ella. De cerca es todavía más hermosa. Las ganas de golpear a su amigo se esfuman.

—Está... con César...

«¿Por qué me cuesta hablar?».

—¿Viniste con él? —cruza sus brazos haciendo que su pecho se eleve. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no mirar.

—Vine tras él —miento mientras rasco mi cabeza.

—Por cierto, musculitos, estoy muy enfadada contigo —su respuesta me sorprende y la miro extrañado—. No me llamaste —sonríe de nuevo.

—Lo... Lo siento... —«¿Qué me pasa?»—. No salgo con chicas.

—¿En serio? ¿Eres gay? —su mirada se intensifica.

—No... —estoy sintiéndome incómodo—. Es solo que...

—¿Eres virgen? —ríe.

—Bueno... —es tan directa que no soy capaz de pensar en una respuesta. Me estoy poniendo muy nervioso.

—¡Eres virgen! —grita mientras lleva las manos a su boca y la gente nos mira.

—Tengo que irme... —respondo mientras me giro y camino hasta el coche.

«Genial, lo que me faltaba hoy», me digo. «¿Por qué coño no he desmentido eso? ¿Por qué me he puesto tan nervioso?». Resoplo.

Capítulo 5

Saber que César ha vuelto me relaja. Esta noche dormiré plácidamente en una cama. El asiento del coche está haciendo estragos en mi cuerpo y mi espalda lo agradecerá. Conduzco hasta el hotel. Abro la puerta de mi habitación y pongo todas mis cosas en una mesita. Me echo sobre la cama dejando salir un gruñido interno. Estirarme sobre el colchón es tan doloroso como placentero. Estoy realmente cansado.

Me quedo mirando la lámpara del techo. Los pequeños cristales verdes que cuelgan de ella me recuerdan a los ojos de Laura. Su mirada se me ha grabado a fuego. Mi mente comienza a divagar. «Mierda». Me siento rápidamente. Tengo que sacarla de mi cabeza como sea. Decido que es el momento de darme una ducha. Estoy a punto de terminar cuando mi móvil suena. Enrollo una toalla alrededor de mi cuerpo y salgo a buscarlo. Es un mensaje de un número que no está en mi agenda.

Hola, musculitos, ¿me echabas de menos? Espero que no te importe que le haya robado tu número a Natalia.

No hace falta ser muy listo para saber de quién se trata. Miro el teléfono, incrédulo. «Lo de esta mujer no tiene nombre». Me quedo pensativo durante unos segundos. «¿Debería responder?». Mi respiración se acelera. Suelto el aparato sobre la mesita como si quemara. Ni siquiera debería haber pensado en hacerlo. Jamás faltaré a mi promesa. Abro las sábanas de la cama y me acuesto. Necesito apagar mi cerebro, hoy ha sido un día duro.

Pasan las horas y por más que lo intento soy incapaz de conciliar el sueño. Laura se pasea libremente por mis pensamientos y no puedo dejar de pensar en ella. «¡Maldita sea!». Pongo la almohada sobre mi cara. Cuanto más trato de pensar en otra cosa, más clara veo su imagen. Ese vestido rojo ceñido a su cuerpo me está intoxicando. Cuando por fin estoy quedándome dormido, suena la alarma. Resoplo. Es hora de levantarse y estoy agotado. La carrera comenzará en un par de horas. Me preparo y salgo de la habitación. Toco en la puerta de César. Su cuarto está pegado al mío.

—¿Qué le pasa a tu cara? ¿Te ha visitado el monstruo del armario? —César se mofa.

—No tiene ninguna gracia —digo malhumorado—. ¿Por qué coño no me has llamado estos días? —hasta ahora no he tenido ocasión de hablar con él—. He estado preocupado, tu móvil siempre aparecía apagado o fuera de cobertura.

—Puff —niega con su cabeza—. Erika lanzó mi teléfono contra la pared y quedó inservible.

—Vaya... veo que se ha recuperado muy rápido. ¿Por qué razón hizo eso?

—La descubrí husmeando en él y tuvimos una gran discusión —mira al vacío recordándolo—. Todos vuestros números los tenía grabados ahí, y no tuve forma de comunicarme con vosotros hasta que regresé.

—¿Descubriste qué es lo que buscaba?

—No tengo ni idea. Imagino que estaría leyendo mis mensajes.

Me quedo pensativo. Es todo muy extraño. Caminamos en silencio hasta el coche y conduzco hasta la casa de Natalia. Dejo a César en la puerta y continúo hasta el circuito. Quiero revisarlo todo antes de que lleguen. Por lo que me han contado, se agrupa mucha gente allí y sería más difícil después. Aparco cerca de las pistas y camino despacio observándolo todo. Hay varios puestos de bebidas. Todo ha cambiado en apenas unas horas. Parece otro lugar. Los minutos pasan y llega más gente. Tras inspeccionar la zona, decido colocarme cerca de un árbol. El nivel del suelo ahí es más alto y puedo ver mucho mejor. El móvil vibra en mi bolsillo.

Estamos llegando.

Es un mensaje de César. Giro a mi derecha y les veo. Laura viene con ellos. Mis pulsaciones se aceleran y trato de calmarme. Cuando salen todos del coche, se dispersan y preparan algunas cosas. Al cabo de un rato, vuelven a reunirse en uno de los chiringuitos de bebida fría. Natalia y Laura caminan hacia alguien. Mis puños se cierran al descubrir que ese alguien es Miguel Ángel. César se queda con los demás, imagino que después de lo de anoche mi amigo también tiene ganas de matarle y prefiere no tenerle delante. Unos minutos después, veo cómo Natalia camina hacia las pistas. La competición va a comenzar. He perdido de vista a Laura, pero no me preocupo, tengo localizados a quienes tengo que proteger. Suena el pistoletazo de salida y todos los coches arrancan al mismo tiempo. Tras dar varias vueltas, compruebo que a Natalia no se le da nada mal esto; está adelantando a los demás apenas sin esfuerzo alguno. Ha conseguido colocarse en el tercer lugar.

—¿Qué haces aquí? —mi corazón se para casi al instante. Reconocería esa voz hasta debajo del agua. Me ha descubierto.

—Desde aquí tengo mejor vista —digo sin volverme. La tengo a mi espalda.

—Vaya, tienes razón. Las vistas son impresionantes —ríe. Sé que está mirando mi culo. Aprieto fuertemente los dientes y trago saliva.

—Vuelve con ellos. Me apetece estar solo —su presencia me altera tanto que no puedo centrarme en lo que estoy haciendo. Oigo sus pasos acercarse y se coloca a mi izquierda.

—Eres muy grosero. Me recuerdas al Pitufo Gruñón.

—¿Y lo dice Pitufina? —oigo cómo ríe.

—Vaya, tienes sentido del humor. ¿Lo dices por el color de mi pelo? —toma uno de sus mechones y lo mira.

—No, lo digo por tu molesta voz.

—¿Se puede saber qué te pasa? —cruza los brazos a la altura de su pecho y se coloca delante de mí. Cuando sus enormes ojos verdes se posan en los míos, todo pasa instantáneamente a un segundo plano. No sé qué es lo que debe estar viendo en mi cara, pero su expresión cambia de enfado a extrañada.

Varios gritos nos alertan. Corto el contacto visual con ella y miro rápidamente hacia el circuito. El coche de Natalia ha salido de las pistas y se dirige al público. Salta por los baches. Busco entre la gente a César y veo que está arrodillado junto al padre de Natalia.

—¡Mierda! —grito y salgo corriendo hacia ellos.

—¡Dios mío, José! —oigo decir a Laura, pero no me espero y la dejo atrás.

Llego hasta Natalia y trato de calmarla. La pobre chica está histérica. Sus hermanos no están mejor. Por lo que puedo comprobar, su padre ha sufrido algún tipo de fallo orgánico. César está practicándole la respiración cardiopulmonar. Todos nos apartamos para dejar paso a la ambulancia.

—¡Álex! ¡Al helipuerto! —me grita César—. El recorrido al hospital es demasiado largo para hacerlo en carretera.

«Mal asunto», me digo. Asiento y levanto a Natalia del suelo. Está totalmente desolada.

—Vamos. Tu padre tiene que volar —necesito que reaccione. César va con ellos—. ¡Vamos! —tiro de ella y corremos hasta mi coche.

Veo a Laura tranquilizando a los hermanos, y suben al vehículo de Miguel Ángel. Todos nos dirigimos al helipuerto. Nada más llegar, Natalia abre la puerta y sale corriendo. Tengo que correr tras ella, pero consigue llegar hasta su padre antes de que pueda alcanzarla.

—¡Papá, tienes que aguantar! —llora. Los hermanos también le gritan ánimos—. ¡Tienes que salir de esta! ¡Papá, por favor! Por mamá, por tus hijos, te queremos... —sus palabras me llegan. Varios recuerdos vienen a mi cabeza. Trato de no pensar en ellos, no es el momento. Aparto con delicadeza a la chica de su padre. Puedo hacerme una idea de la impotencia que siente.

—Hay que dejarles trabajar —le digo.

—¡Nooooo! —grita de nuevo al ver cómo colocan las palas del desfibrilador sobre su pecho y el helicóptero despega.

—Ya me encargo yo —oigo decir a César. Toma a Natalia en brazos y monta en el coche con ella.

—Vamos al hospital, Álex —arranco y conduzco hasta allí.

Cuando llegamos, César consigue hablar con los médicos. Parece que no hay buenas noticias y la única solución es esperar. Las siguientes horas serán decisivas. Hablan entre ellos, lloran y se abrazan. Laura y Miguel Ángel están apartados, entienden que deben dejar a los tres hermanos tranquilos. Es un momento muy íntimo y entre ellos saben apoyarse bien. Me siento fuera de lugar y decido salir a la calle. Necesito aire, todo esto me está afectando. Casi una hora después, César me llama al móvil.

—Álex, tienes que volver al pueblo y traer a la madre de Natalia.

—De acuerdo. ¿Cómo sigue?

—Está bastante fastidiado...

—Pobre hombre... Voy a por ella —nos despedimos.

Guardo mi teléfono en el bolsillo y cuando levanto la mirada me encuentro con la de Laura.

—¿Vas al pueblo a por Pilar?

—Sí —contesto secamente. Estoy prácticamente paralizado. Intento evitar por todos los medios que descubra cuánto me afecta su cercanía. Realmente hasta yo estoy sorprendido, jamás me he sentido así.

—Voy contigo.