portada

JOSÉ MARÍA MURIÁ. Historiador egresado de la Universidad de Guadalajara y doctorado por El Colegio de México. Ha sido investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, museógrafo, director de la Radio del Gobierno y profesor de la Universidad de Guadalajara y de la Escuela Normal Superior en Guadalajara. También fue profesor visitante de la Universidad de Puerto Rico, de la Escuela Nacional de Antropología de México, de la UNAM y de otras instituciones. Fue director general de Archivos, Bibliotecas y Publicaciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores y regidor del municipio de Zapopan, Jalisco. En 1990 fundó la revista Estudios Jaliscienses. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Historia y maestro emérito de El Colegio de Jalisco. Entre sus obras más recientes destacan Esencia de Jalisco y Desacralización del municipio.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

Fideicomiso Historia de las Américas

Serie
HISTORIAS BREVES

Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ

JALISCO

JOSÉ MARÍA MURIÁ
 
 

Jalisco

HISTORIA BREVE

Fondo de Cultura Económica

EL COLEGIO DE MÉXICO
FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS
FONDO  DE  CULTURA  ECONÓMICA

Primera edición, 1994
Segunda edición, 2005
Tercera edición, 2010
Cuarta edición, 2011
Primera edición electrónica, 2016

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

contraportada

PREÁMBULO

LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?

El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.

Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.

Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.

Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.

El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.

La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.

En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.

Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.

Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.

ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Presidenta y fundadora del
Fideicomiso Historia de las Américas

 

I. AQUÍ ES JALISCO

CAMINOS DE MICHOACÁN

LÁZARO CÁRDENAS ERA PRESIDENTE de la República cuando llegó a Guadalajara la primera carretera asfaltada. Es la que proviene de Morelia y pasa por Jiquilpan; poco antes de bajar a Tizapán el Alto, por donde se dice que sale la luna de Chapala, sin estridencias y sin ofender a nadie, se recibía al viajero con el orgullo de pertenecer a esta tierra. Un sencillo letrero, a la orilla del camino, decía: “Aquí es Jalisco”.

Poco antes de abandonar Michoacán, a la derecha del camino, se puede ver ya el Lago de Chapala, cuya compañía se gozará durante un buen rato, mientras se pasa por varios pueblos adosados al agua, si es que a ésta no le ha dado por alejarse, como a veces lo hace, y dejar en estado de angustia no sólo a quienes viven en su derredor, sino también a muchos otros jaliscienses que están en idilio permanente con este embalse, el más grande de toda la República Mexicana. A pesar de la perspectiva acuática, el verdor es muy escaso cuando no llueve, pero la temperatura no pierde su moderación. Hacia el lado izquierdo del camino se ven las estribaciones de la Sierra del Tigre, que con sus pinos encierra al pueblo de Mazamitla, a donde suelen ir en busca de fresco muchos jaliscienses.

Al principio es fácil ver la orilla opuesta del lago. Ahí está precisamente la población de Chapala y su vecina Ajijic, donde conviven casas de pescadores con mansiones en que descansan guadalajarenses, estadounidenses y canadienses, que gozan de su privilegiado atemperamiento y de sus aguas termales. Asimismo, se ven muy bien las islas: la de los Alacranes, que es la más pequeñita, y la de Mezcala, en la que incluso hubo un presidio —del que quedan algunos vestigios— que fue construido durante la época colonial.

En la medida que sigue el bojeo por el poniente nos acercamos a Jocotepec, uno de los extremos de la longitud lacustre; la parte contraria se va perdiendo de vista, e inclusive llega el momento en que sobre las aguas sólo vemos la línea del horizonte, como si estuviéramos en el mar. No en balde algunos entusiastas le han llamado Mare Chapalicum —seguramente porque en latín resulta más elegante— o nada más Mar Chapálico, que es de donde procede buena parte del agua que se bebe en la comarca y en la capital del estado.

Cuando Jocotepec y sus inmediatos manantiales de Roca Azul quedan atrás, hay que remontar y sortear algunos promontorios que sirven de contrafuerte al Cerro de la Difunta, antes de bajar hasta los cañaverales que rodean y honran el nombre de Acatlán, un pueblo que satisface a los conservadores llamándose Santa Anna y a los liberales con el apelativo de Juárez, en virtud de que el Benemérito debió pasar por ahí rápidamente en veloz retirada de Guadalajara rumbo a Manzanillo, allá por el año de 1858. Los eclécticos lo llaman Santa Ana Acatlán de Juárez.

De hecho, la carretera de Morelia no pasa por el mero Acatlán, sino por un lugar muy cercano nombrado El Cuarenta, simplemente porque está a esa distancia en kilómetros de Guadalajara. De El Cuarenta se accede a las grandes planicies que permiten llegar a la capital del estado libre y soberano de Jalisco sin tener que traspasar grandes complicaciones geográficas. La última de éstas es el Cerro del Gachupín, al que fraccionadores y constructores de las viviendas populares que ahora lo invaden prefirieron llamar “del Tesoro”.

Otro acceso a Jalisco desde Jiquilpan es el que, por un camino tipo hamaca, lleva directamente a San José de Gracia, Michoacán, y a la Sierra del Tigre, para descender en forma violenta desde Mazamitla hasta Tamazula y sus ingenios y embonar con las vías a Colima, una vez que se ha dejado atrás Tuxpan, quizás el último reducto nahuatlato del Occidente de México.

Pero entre Michoacán y Jalisco hay otra vía por el otro lado de Chapala. Traspasa lo que la Ciudad de México no le sustrae al Río Lerma, poco antes de que desemboque en el oriente del lago. Ahí está la ciudad de La Barca, cuyo nombre y aliento inicial se debe precisamente a las barcas con que cruzaban el río quienes seguían el camino al Bajío y a la Ciudad de México. Esta ruta ribereña y poco sinuosa llega a Ocotlán, donde se pasa por encima del Río Santiago, recién parido por el Lago de Chapala.

Para arribar a Guadalajara debe viajarse entonces por parajes muy fértiles entre la Serranía del Tecuán, que protege a la cuenca lacustre de los vientos del norte, y el río mismo, antes de que salte en Juanacatlán y poco después se vaya a las profundidades de la Barranca de Oblatos o de Huentitán; la misma que en tiempos muy antiguos fue separación entre la vida sedentaria y agrícola y la nómada y cinegética. Hoy en día ya no es así, aunque sigue siendo un obstáculo difícil de salvar y una contención al crecimiento de Guadalajara por ese rumbo. Por último, el camino entronca con la autopista Guadalajara-Chapala y, después de pasar cerca del aeropuerto que antes se llamaba Las Ánimas y ahora Miguel Hidalgo, se llega también a la capital tapatía por el costado oriental del Cerro del Cuatro.

CAMINO DE GUANAJUATO Y CAMINO DE SAN LUIS

Desde Guanajuato pueden tomarse cuatro caminos a Jalisco. El más socorrido pasa también por encima del Río Lerma para bordear el pueblo de Degollado y sus canteras, en terrenos más bien pelados o huizacheros; pero no tarda en alcanzarse la fertilidad que se debe a los arroyos de Huáscato y de Ayo, para culminar en la cañada del Río los Sabinos, donde está Atotonilco, “el de los naranjos en flor”, rico en ojos de agua caliente. Son tierras de naranjos y de la famosa lima, cuyo jugo se bebe en Jalisco durante todo el año. A la derecha queda la meseta que constituye el corazón mismo de Los Altos de Jalisco; al frente, lomas y planicies que sustentan al Cerro de Santa Fe, de cuya hegemonía se aprovecha una estación de microondas para alimentar a las televisiones de Guadalajara y sus alrededores.

Otro acceso importante proviene de León de los Aldamas, a media hora de Lagos de Moreno. Esta carretera también es muy antigua, aunque se ha modernizado mucho. De Lagos hacia el norte el camino lleva a Aguascalientes, a Zacatecas y hasta a la misma frontera con Estados Unidos; es el eje central de México. Pero de Lagos puede tomarse también rumbo al noreste, donde el paisaje de tunas aparece antes de llegar a Ojuelos y penetrar en el vecino San Luis Potosí. De Ojuelos, sin dejar los nopales por un buen rato, también se puede ir con rumbo norponiente, en forma directa hasta Aguascalientes, pasando por las inmediaciones de aquella famosísima hacienda ganadera que fue Ciénega de Mata, cuyo casco sigue admirando a propios y extraños.

Si de Lagos se viaja al suroeste se podrá ver cuanta tierra roja se quiera, pero en parcelas pequeñas, tal como corresponde a los meros Altos, hasta llegar a Tepatitlán, su indiscutible cabecera comarcal. De “Tepa”, donde la avicultura y la crianza de cerdos compensan la austeridad del terreno y la imposibilidad de seguir siendo arrieros, ya falta poco para llegar a Zapotlanejo; aquí se suma el otro camino, el que viene de Atotonilco, para entrar juntos a Guadalajara.

Esta vez se ingresa por el lado de Tonalá y Tlaquepaque, cuyo barro chicloso permitió desde remotísimos tiempos un desarrollo muy singular de la alfarería.

La región de Los Altos tiene otros dos accesos desde Guanajuato: uno proviene del sugerente nombre de Purísima de Bustos, para recorrer, una vez que se entra a Jalisco, parte del santoral; Diego de Alejandría, Julián y Miguel el Alto son algunos poblados con nombre cristiano que ahí se encuentran, pero hay muchos más que en su tiempo también hirvieron de cristeros. El otro acceso emerge de las inmediaciones de Manuel Doblado, Guanajuato, para remontarse a Los Altos por Jesús María y Arandas. Ambas vías, tarde o temprano, embonan en la llamada Carretera de Los Altos, que viene de Lagos de Moreno. Una lo hace por Jalostotitlán, en las inmediaciones del santuario de San Juan —antes perteneciente a la jurisdicción de Santa María de los Lagos—; la otra, por el vecindario de Tepatitlán.

POR TIERRAS DELOS DE ABAJOY TAMBIÉN DE LOS HUICHOLES

El Río Verde, que corre de oriente a poniente para desembocar en el Río Santiago, al fondo de la Barranca de Oblatos, constituye otra cicatriz importante que también dificulta la comunicación entre Los Altos y la Cazcana, pues ha logrado socavar una cañada de considerable hondura. Aunque la tierra es parecida en ambos lados, con sus lienzos de piedra y las “mujeres enlutadas” de las que habló Agustín Yáñez, suponemos que también el Río Verde fue otrora una clara frontera entre sedentarios y seminómadas, que con tanta fuerza se rebelaron contra la dominación española.

Es la Cazcana un camino que viene de Aguascalientes, desde cuyas planicies vitivinícolas se llega por lo que antes se llamó Paso de Sotos y ahora Villa Hidalgo, o rodeando por Encarnación de Díaz, conocido también como La Chona, habrá que pasar por el antiquísimo Teocaltiche, “de hombres ausentes”, según aludió Victoriano Salado Álvarez a los muchos arrieros que antaño fueron sus hijos.

Recortando una muesca zacatecana donde está Nochistlán, se llega a la hondonada que casi esconde a Yahualica, la cabecera económica de la Cazcana, donde se compra y se vende profusamente de todo, además de trabajarse la cantera rosa. Precisamente en las inmediaciones de Yahualica, si se quiere ir a Guadalajara, puede cruzarse con cierta dificultad el Río Verde y llegar a “Tepa”, o remontar las suaves lomas con pináceas que siguen de Cuquío —topónimo purépecha— y dan comienzo a la Sierra de Nochistlán, para tomar en Ixtlahuacán del Río la carretera que viene de la ciudad de Zacatecas. Sólo que para arribar a Guadalajara por su parte norte deberá cruzarse la barranca del Río Santiago en uno de sus parajes más espectaculares. Asimismo, en las goteras de la ciudad se pasará por El Batán y cerca de Atemajac, el poblado donde se establecieron las primeras fábricas y que le dio el nombre a todo el llano donde ahora viven los tapatíos.

Otro ingreso que los zacatecanos pueden utilizar, a partir del Jerez que vio nacer al bardo Ramón López Velarde, es por el norteño pueblo de Huejúcar. De aquí es posible remontarse hacia el noroeste hasta lugares como Mezquitic y Huejuquilla el Alto, en las protuberancias que se ensamblan con Zacatecas, de tal manera que con frecuencia es difícil saber en qué entidad se encuentra uno y los habitantes a veces dudan a cuál pertenecen. Es una vía nueva que sube y baja por las serranías que corren de norte a sur y desciende a calurosos cañones agrícolas y ganaderos que, no hace mucho, siendo tan difícil su acceso, eran casi autosuficientes. No sirve este camino para ir más allá de Huejuquilla, y resulta tan tranquilo como antaño eran todas las demás carreteras de Jalisco; por su parte, las tierras huicholas, inmersas en la Sierra Madre, donde no se sabe bien a bien el fin de Jalisco y el comienzo de Nayarit, continúan ayunas de buena comunicación.

Desde Huejúcar, por el otrora apacible y bien organizado Colotlán, puede llegarse muy bien a Guadalajara por una carretera que ahora es real, pero que fue tantas veces prometida en vano que llegó a parecer un sueño imposible. Sin embargo, uno debe adentrarse antes en Zacatecas, pasar por El Teúl, antiguo centro ceremonial de los belicosos cazcanes, y reingresar a Jalisco ya casi para descender al fondo de la consabida barranca, en cuya sima se pasa por San Cristóbal y se hace presente también el Río Juchipila. Después de remontarla entre pinares, se llega a Guadalajara por las inmediaciones de la base aérea y la hoy ciudad de Zapopan, cuya virgen congrega cada 12 de octubre la mayor concentración humana que se produce en todo México.

Poco al sur de Colotlán, una recientemente asfaltada carretera hacia el poniente nos lleva hasta Villa Guerrero, conocida antes como El Salitre. Este poblado está situado en un paraje espacioso y recio que hoy es la antesala y antaño el punto neurálgico de abastecimiento de los centros mineros más importantes del Río Bolaños. A la vera de esta corriente, que baja desde Mezquitic por terrenos cada vez más escarpados, se encuentra la población que le da nombre al río y en la que sobreviven espectaculares restos de su esplendor de antaño. Luego, por el mismo camino, siguen Chimaltitán y San Martín, y muchas aguas más abajo, hacia el sur, en el fondo del escarpadísimo paisaje, aún está Apozolco, cerca de ninguna parte y sin carretera que le llegue de algún lado.

LA VÍA DEL CABALLO BLANCO

Viniendo desde la frontera norte por la costa del Pacífico deberá viajarse muchas horas paralelamente a la magnífica Sierra Madre, pero al ingresar a Jalisco, el principal eje montañoso de América no se pasa subiendo sino bajando por unas fallas conocidas antes como las Barrancas de Mochitiltic y hoy Plan de Barrancas. Hay quien asegura que éste es precisamente el comienzo de la Sierra Madre del Sur. Mucho más que lo bajado al principio debe ascenderse después para que el plano, la laguna y las minas de ópalo de Magdalena den la bienvenida al Altiplano Central. En la actualidad, una nueva autopista salta las barrancas gracias a unos puentes espectaculares, uno de los cuales se encuentra en un sitio que ha respondido desde hace mucho al sugestivo nombre de Salsipuedes.

El siguiente paso después de Magdalena es una comarca, una población y un volcán apagado, con su muy característica tetilla en la cima, que comparten uno de los nombres más famosos de México: Tequila. En efecto, es la tierra sembrada de sus exclusivos agaves azules, que se extienden hasta la ceja de la consabida Barranca del Río Santiago y que en la propia localidad de Tequila y en las cercanías de Amatitán son convertidos desde hace más de 400 años en el conocidísimo aguardiente que es considerado la “bebida nacional”.

De aquí a Guadalajara la distancia es ya breve, mas conviene estar atento para contemplar el enorme Bosque de la Primavera, que, menguado y todo, constituye uno de los principales pulmones del ya sobrepoblado Valle de Atemajac.

LA SIERRA Y LA COSTA

Desde Tepic a Guadalajara se desvían dos caminos importantes hacia el poniente, hacia la mano derecha del viajero: el segundo, que comienza a unos 30 kilómetros antes de llegar a Guadalajara, rodeando por el norte el Bosque de la Primavera, lleva hasta los cañaverales de Tala. De ahí una desviación hacia el septentrión acaba poco después del antiguo centro minero de Etzatlán, pero la carretera que se supone principal conduce a Ameca, donde comienza a remontarse la Sierra Madre por una vía que, a pesar de lo agreste, se espera que un día llegue a Puerto Vallarta. Hasta hace poco resultaba dificilísimo ir más allá de Mascota, en el corazón de la sierra, cuya tranquilidad se debía a que no era aún vía para ir a otra parte. Pero eso se acabó: ahora es posible llegar hasta el bello San Sebastián del Oeste y de ahí descender hasta Puerto Vallarta. Además de la explotación forestal y agrícola y del oro solapado entre Atenguillo y Mixtlán, justifican plenamente esta carretera los muchos peregrinos que acuden a dar gracias a la virgen de Talpa, sita poco antes de llegar a Mascota.

El primero de los caminos cobra vida propia a la altura de la población de Chapalilla, Nayarit. Lleva primero a Compostela y desciende luego hacia la costa por una serie interminable de curvas, cuya vera es cada vez más verde y frondosa. Este camino tiene como destino principal Puerto Vallarta, antes llamado Las Peñas, inmediato al Río Ameca, el límite entre Jalisco y Nayarit desde aguas muy arriba hasta su desembocadura en la llamada Bahía de Banderas. A partir de los años setenta pudo seguirse hacia el sur por la costa más bonita —Chamela, El Tecuán, Tenacatita, Melaque, Barra de Navidad— hasta llegar al Río Marabasco, donde Cihuatlán despide al viandante de Jalisco, si es que se decide entrar al estado de Colima. Poco antes de llegar a Cihuatlán es posible tomar un camino directo a Guadalajara, remontando la Sierra Madre, aquí llamada del Sur, después de cruzar una feraz planicie casi tropical y pasar los fértiles valles de Autlán y Unión de Tula, cuyas huertas se nutren con aguas bien aprovechadas del río que más adelante se llama Armería. De cerros inmediatos a Autlán se extrajo hasta la década de los setenta una enorme cantidad de manganeso que se exportó por el puerto de Manzanillo, y de los promontorios cercanos a Unión de Tula puede esperarse cualquier cosa, de lo que dio una buena muestra la plata que antaño salió de la vecina Ejutla.

Descender a Cocula, de donde se dice que es el mariachi, aproxima también a la pequeña Laguna de Villa Corona, aprovechada por el turismo nacional, y desde ahí se alcanza el camino que viene de Morelia, entre los cañaverales que rematan en Acatlán.

EL SUR DE JALISCO

Otra vía posible, que está cerca de Cihuatlán, es la autopista que parte del puerto de Manzanillo y pasa por la capital del verde estado de Colima. De aquí surgen dos opciones: el camino sinuoso y más largo nos acercará a Michoacán por los minerales de Pihuamo y pasará por Tecalitlán, tierra también de mariacheros; a la derecha quedará el más joven de los asfaltos carreteros de Jalisco, que casi conduce hasta Jilotlán de los Dolores, en la colindancia física, espiritual y gastronómica con Michoacán, cerca del Río Tepalcatepec.

Este último camino, el mejor y más rápido, sube precipitadamente y se acerca al Volcán y al Nevado de Colima, las mayores edificaciones naturales de Jalisco; la primera es la de mayor actividad en todo México. Desde poco antes se pasa por encima de las Barrancas de Beltrán y de Atenquique, aunque, antes de que se construyeran sendos puentes, para trasponerlas había que descender hasta el fondo y ascender después penosamente. Entre 1858 y 1866 fueron bastión casi inexpugnable de liberales y patriotas que lucharon exitosamente contra los conservadores y los ejércitos franceses.

Después de Atenquique, donde la madera se convirtió en papel durante muchos años, nos reconciliamos con el camino de Pihuamo y llegamos juntos a Ciudad Guzmán, meollo comercial, cabecera del municipio llamado Zapotlán el Grande, que está arrimado a las estribaciones de la Sierra del Tigre, donde abundan minas de arena y cal.

Trascender el Valle de Zapotlán y pasar al de Sayula significa bajar por la cuesta de este nombre, escenario de importantes batallas durante la Revolución, la Intervención francesa y la guerra de Independencia, para atravesar la laguna llamada también de Sayula, tan extensa como de escasa profundidad. La mitad del año alcanza cuando mucho metro y medio, mas cuando deja de llover queda completamente seca, sin que su salitroso suelo pueda tener otro uso que el de causar polvaredas. Lo mismo les sucede a sus vecinas lagunas de San Marcos y Santa Catarina.

De Sayula parte una vía transversal que remonta la Sierra de Tapalpa para arribar después hasta Unión de Tula y la carretera de Autlán; pero primero habrá que pasar por San Gabriel, cuna de Juan Rulfo, y luego por un llano que, sin saber casi nadie dónde está, es de sobra conocido por todos los buenos lectores del mundo, ya que sirve de marco a un cuento de Rulfo y de título a uno de los libros más importantes de las letras hispanas de todos los tiempos: El Llano en llamas.

Desde Sayula ahora es muy rápido viajar a Guadalajara, aunque hace unas cuatro décadas se tardaba casi todo el día para recorrer lo que ahora requiere apenas de una hora y cuarto: llegar a Acatlán y a El Cuarenta y, junto con quienes vienen de Autlán, por un lado, y de Jiquilpan, por el otro costado del Cerro de la Difunta, ingresar a Guadalajara por la carretera asfaltada más antigua de Jalisco.