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LUIS ABOITES AGUILAR. Antropólogo y profesor-investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México. Es autor de La irrigación revolucionaria. Historia del Sistema Nacional de Riego del Río Conchos, Chihuahua 1927-1938, Norte precario. Poblamiento y colonización en México 1760-1940, El agua de la nación. Historia política de México 1888-1946, Excepciones y privilegios. Modernización tributaria y centralización en México 1922-1972 y, en coautoría con Adriana Sandoval, Historias de México.

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

Fideicomiso Historia de las Américas

Serie
HISTORIAS BREVES

Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ

CHIHUAHUA

LUIS ABOITES AGUILAR
 
 

Chihuahua

HISTORIA BREVE

Fondo de Cultura Económica

EL COLEGIO DE MÉXICO
FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS
FONDO  DE  CULTURA  ECONÓMICA

Primera edición, 1994
Segunda edición, 2006
Tercera edición, 2010
Cuarta edición, 2011
Primera edición electrónica, 2016

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

contraportada

PREÁMBULO

LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?

El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.

Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.

Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.

Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.

El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.

La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.

En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.

Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.

Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.

ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Presidenta y fundadora del
Fideicomiso Historia de las Américas

 

INTRODUCCIÓN

ESTE LIBRO TIENE COMO OBJETIVO ofrecer una visión de conjunto de la historia del estado de Chihuahua. Puede servir de introducción general o bien de guía para detectar temas que merecen estudiarse con mayor profundidad. Para la presente edición, el texto ha sido revisado, corregido y actualizado. Además de la corrección de errores que se encontraron en el texto original, se incorporaron varios aspectos que se habían omitido (como la presencia de la población mulata) o que se trataron insuficientemente (como la ocupación agrícola que precedió al auge minero de Santa Eulalia). La parte que sufrió más modificaciones fue precisamente la referente a los siglos XVII y XVIII, en especial en lo que respecta al papel del comercio y de las poblaciones mestiza y blanca en las correrías de apaches y tarahumaras. Asimismo, se agregó un apartado que cubre desde el final de la versión anterior (el ascenso del gobernador Francisco Barrio) hasta el año 2008. Por último, la “Bibliografía comentada” se modificó tanto para modificar la ficha de algunas obras que en 1994 apenas eran ponencias y ahora ya son libros, como para incorporar un conjunto de textos que han aparecido en los últimos cinco años. El propósito es que el lector tenga una versión no solamente actualizada sino más completa y rica.

El hilo conductor es el poblamiento; es decir, las diversas modalidades y etapas de la ocupación social del espacio que ahora corresponde a Chihuahua. Este énfasis lleva a destacar, sobre todo en los capítulos referentes al periodo colonial, la formación de asentamientos y las expansiones sucesivas de los pobladores españoles, así como las respuestas de los variados grupos indígenas que habitaban esa porción territorial. Centrar la atención en este proceso social es útil para intentar alejarse de una historia convencional, marcadamente política. Sin embargo, es muy posible que ese objetivo no se haya alcanzado plenamente. El estado actual de la historiografía, y la ya lejana pero perdurable formación del autor en la antropología política, llevan a insistir en la política y en los políticos, como es evidente en los capítulos referentes a los siglos XIX y XX.

El lector se dará cuenta de que el libro está dividido en dos grandes partes, que en términos generales corresponden al carácter predominante de las disputas y conflictos entre grupos y facciones sociales. En un primer momento, esas disputas tienen un carácter fundamentalmente territorial. Los españoles buscaban ocupar nuevos territorios para obtener riquezas e incorporar a los habitantes de los territorios americanos a la civilización europea. En el caso del septentrión novohispano, ese dominio económico y cultural se impuso en un medio geográfico peculiar que era habitado por un sinnúmero de grupos que durante siglos se resistieron de manera violenta al avance europeo. Esta resistencia indígena buscaba preservar las formas de organización social y la cultura de los diversos grupos que ocupaban y explotaban el territorio. Más tarde, a partir del siglo XVIII, este enfrentamiento adquirió otro cariz con la disputa entre la población sedentaria y la población nómada (la apachería), que se prolongó hasta fines del siglo XIX. Al mismo tiempo, en el siglo XIX tuvo lugar una nueva guerra por el territorio, en este caso entre países. Estados Unidos no ocultó su intención de expandirse a costa del septentrión novohispano y más tarde del norte de México. Entre 1836 y 1853 esa nueva guerra tuvo su desenlace, desfavorable a nuestro país. Fue semejante a la vieja guerra por el territorio, es decir, a la guerra sostenida entre indígenas y españoles.

En un segundo momento las disputas adquieren otro carácter, referido a pugnas clasistas; es decir, a conflictos derivados de la división social del trabajo, como los que surgen entre peones y terratenientes y entre obreros e industriales. En este segundo momento, los despojos agrarios, por ejemplo, ya no pueden explicarse en términos del avance de la ocupación española o mexicana a costa del territorio indígena, sino justamente como resultado de las pugnas entre distintos grupos de la sociedad mexicana.

El parteaguas entre esos dos momentos puede ubicarse en la década de 1880, cuando concluye la vieja guerra contra los apaches. Sin embargo, las pugnas clasistas están presentes desde el mismo siglo XVI, aunque su lógica se hace más evidente cuando cesan las grandes disputas territoriales. El tratamiento de las pugnas territoriales ocupa los primeros cinco capítulos y concluye en el primer apartado del capítulo VI. De aquí en adelante la narración se organiza sobre la base de los conflictos entre clases y facciones sociales.

Escribir la historia de una entidad federativa tiene muchos riesgos; por ejemplo, inventar que esa historia empieza y termina en los linderos de la división política que nació en 1824. Para enfrentar esos riesgos se subrayan los vínculos demográficos y económicos con el septentrión novohispano y más tarde con el norte de México, en particular con Nuevo México, Durango y Sonora. Sólo resta agradecer los comentarios críticos de América Molina y Juan Manuel Pérez Zevallos.

Para esta nueva edición se hizo una revisión minuciosa de todo el texto, se mejoró la redacción, se eliminaron repeticiones y varios errores. Se agregaron los dos primeros apartados, referentes a la geografía y a la época prehispánica, y se extendió el último apartado para llegar al año 2008. Se actualizó la cronología y se amplió el ensayo bibliográfico. Aunque las correcciones y agregaciones son numerosas, hay que destacar dos: la cuestión ambiental, tanto en la época colonial como en el siglo XX, y la población negra, dos temas que deberían interesarnos mucho más. Agradezco la lectura atenta de Chantal Cramaussel a los dos nuevos apartados, las recomendaciones de Bernd Hausberger y la ayuda de Claudia Grijalva. Por último, quiero dedicar este trabajo a Augusto Urteaga, antropólogo peruano, brillante y generoso, fallecido en diciembre pasado en la ciudad de Chihuahua.

L. A. A.
2009

I. GEOGRAFÍA

TRES ZONAS

SEGÚN LA ESTIMACIÓN DE PETER GERHARD, hace 500 años la porción del continente americano en la que ahora se ubican los estados de Durango y Chihuahua estaba poblada por unos 350 000 habitantes. Aunque no deja de ser una estimación gruesa, que algunos consideran baja, tal cifra es útil para destacar que este espacio distaba de ser un desierto, si como tal entendemos un lugar despoblado. Si bien esos miles contrastaban con los millones de habitantes de otras áreas, como la del imperio mexica, diversos grupos de cazadores-recolectores y de agricultores lograban reproducirse aprovechando la variada y rica dotación de recursos productivos. Veamos algunos rasgos de la geografía que explican tal variedad.

Una mirada rápida a la geografía chihuahuense permite distinguir tres zonas principales: la primera es la montañosa y de barrancas correspondiente a la Sierra Madre Occidental, que se extiende desde Arizona a lo largo de unos 560 km al oeste del estado y que luego continúa hacia el sur; la segunda es la de los valles, que sigue el borde oriental de la Sierra Madre, y la tercera es la planicie árida, situada al oriente de la entidad. De manera general, esas tres zonas se aprecian en el mapa I.1. La sierra corresponde a las superficies de bosque de pino y de bosque subtropical caducifolio, los valles a la zona de pastizales y sabanas, y la planicie oriental a la llamada vegetación del desierto. Esta planicie parte del Altiplano Central de la República y es la zona más extensa, pues ocupa casi tres cuartas partes de los 247 000 km2 del actual territorio chihuahuense. Chihuahua es la entidad federativa más grande del país. Uno de sus municipios (Ahumada), con poco más de 19 000 km2, es tres veces y media más grande que el estado de Aguascalientes y casi del tamaño de la república de El Salvador (21 000 km2). En extensión le sigue el municipio de Camargo, con 17 135 km2. El tamaño de esas jurisdicciones se explica en gran medida porque los dos municipios incluyen grandes extensiones de la planicie oriental, una zona muy poco poblada.

MAPA I.1. Tres zonas de la geografía chihuahuense

FUENTE: Reconstrucción de imagen satelital.

La zona serrana tiene una altitud promedio de 2 270 msnm, con un pico de 3 250 msnm; la altitud desciende suavemente hacia el oriente, a 2 100 msnm en Ciudad Cuauhtémoc y a poco menos de 1 500 en la capital del estado. En Ojinaga, en la confluencia de los ríos Conchos y Bravo, es de tan sólo 800 msnm. Tanto en los valles como en la planicie oriental existen varias serranías independientes que interrumpen el suave declive oeste-este y que bordean mesetas y bolsones.

En el suroeste de la sierra destacan las barrancas, cuya profundidad llega a rebasar los mil metros. Es el caso de las Barrancas del Cobre, una de las principales atracciones turísticas de la entidad, que se aprecian desde la estación ferroviaria Divisadero. La diferencia de altitud explica la diferencia climática, pues en lo profundo prevalece un clima casi tropical, con precipitaciones abundantes (en Chínipas, a 515 m, se presentó una precipitación de 3 400 mm en el verano de 1959) y temperaturas más cálidas, hasta de 45°C en Urique, situado a una altitud de 549 m. Los indios de la sierra (tarahumaras, tepehuanes, guarijíos, chínipas, tubares, entre otros) aprendieron a combinar los recursos existentes en las partes alta y baja para su provecho; al menos el fondo de las barrancas era refugio para sortear mejor el frío invernal.

Diversos rasgos climáticos confirman los contrastes entre las tres zonas consideradas. En la sierra la temperatura media es de 12-14°C, de 16-18°C en los valles y de 19-20°C en la planicie oriental. Estos promedios ocultan vaivenes importantes. En la misma sierra se hallan contrastes extremos: mientras que en una localidad de barranca como Batopilas la media es de 24°C, en Rumurachi es de 8°C. Así como puede haber máximas de 45°C en el fondo de las barrancas en verano, en la parte alta se registran las temperaturas más bajas del país, con 15°C bajo cero en Temósachic en invierno. El clima extremoso también se manifiesta en los valles y en la planicie oriental, con temperaturas de más de 40°C en verano y de hasta 10°C o menos en invierno.

La precipitación pluvial también indica las diferencias entre las tres zonas. La precipitación media del estado es de 400 mm anuales, pero también muestra variaciones notables, con menos de 300 mm en la planicie oriental, y entre 500 y 1 200 (y hasta 1 400 en San Juanito) en la sierra. En ésta es más notable el efecto de la humedad proveniente del Océano Pacífico. Los aguaceros se concentran en el verano, particularmente en los meses de julio y agosto; las lluvias invernales son de mucho menor cuantía, aunque en ocasiones y en ciertos lugares permiten los sembradíos de invierno. De lo anterior queda claro que la agricultura temporalera tiene mayor viabilidad conforme la altitud y la precipitación son mayores, es decir, junto a la sierra, y a la inversa, ese tipo de agricultura es más riesgosa conforme se desciende y aumenta la distancia con respecto a la sierra. Sin embargo, en las vegas de los ríos los suelos aluviales permitieron desde tiempos remotos la práctica agrícola, con el aprovechamiento de las inundaciones. En algunos lugares, como en la Junta de los Ríos (Ojinaga) y en el actual Valle de Juárez, se abrieron tierras al cultivo que formaron verdaderos oasis. Así lo muestran las investigaciones del arqueólogo J. Charles Kelley en la confluencia del Conchos y el Bravo y las numerosas descripciones del Valle del Paso. Una de ellas, del inglés George Ruxton, de fines de 1846, es la siguiente: “entramos en la pequeña villa de El Paso, rodeada de huertos y viñas bien cultivados y jardines que descansan sobre el banco derecho del río”.

De cualquier modo, destaca el hecho de que la precipitación pluvial está presente incluso en las áreas más áridas del estado. Lo anterior significa que el desierto de Chihuahua no es tan “desértico”, si como tal entendemos una zona de escasísima precipitación, como sí lo son otras áreas del país (la península de Baja California, por ejemplo) y del mundo. Aunque una gran extensión del oriente del estado forma parte de lo que los geógrafos llaman desierto de Chihuahua, que se extiende desde San Luis Potosí hasta Arizona, Nuevo México y Texas, conviene tener muy en cuenta la cantidad de lluvia para evitar exageraciones y simplificaciones en relación con el “desierto” en Chihuahua.

En la sierra predominan los bosques de distintos tipos de coníferas y de encinos, robles, zacates y táscates. En cambio, en los valles predominan los zacatales y es común hallar álamos y fresnos junto a los cuerpos y corrientes de agua; en la planicie oriental abundan la gobernadora, la acacia espinosa, el ocotillo, el mezquite, las cactáceas y otras plantas xerófitas. También debe mencionarse la lechuguilla y por supuesto el sotol, que hacen posible la producción de las bebidas del mismo nombre. Obviamente, la vegetación ha sido muy sensible a las actividades humanas y ha cambiado de manera notable en los últimos siglos. Por ejemplo, los bosques desaparecieron de los alrededores de ciudades como Chihuahua y Ciudad Juárez y de minerales como Parral y Cusihuiriachic. Y en algunas zonas de la planicie oriental el sobrepastoreo ha alterado de manera notable la vegetación. En las páginas que siguen veremos el contexto en el que ocurrieron esos cambios.

La sierra es fuente fundamental de agua. Por principio de cuentas, los principales ríos nacen en esa zona, que divide las corrientes en dos cuencas: la del Océano Pacífico y la del Golfo de México. Las corrientes de la cuenca del Pacífico, las más abundantes, serpentean abriéndose paso por la accidentada topografía y fluyen de manera rápida hacia el oeste, hacia los valles costeros de Sonora y Sinaloa. Como apunta Robert H. Schmidt, se trata de ríos muy jóvenes en términos de la historia geológica. Los ríos Yaqui, Mayo, Fuerte y Sinaloa son los principales beneficiarios de esas corrientes originadas en la sierra. Así, 75% del agua del Río Sinaloa, 60% del Mayo y 40% del Yaqui provienen de la porción chihuahuense de la sierra. Por cierto, la corriente de la hermosa cascada de Basaseachic, de unos 300 m de altura, forma parte de la cuenca del Río Mayo. Las otras corrientes, las que corresponden a la cuenca del Golfo de México, descienden con suavidad desde la sierra hacia la planicie del oriente, es decir, hacia la zona más baja, cálida y árida. Todas confluyen en el Río Conchos, cuya cuenca de 77 000 km2 lo hace por mucho el río más importante de la entidad; tiene una longitud de casi 600 km y desciende unos 1 500 m desde su nacimiento, en la confluencia de dos arroyos ubicados en el municipio de Bocoyna, hasta su desembocadura en el Río Bravo. En ese trayecto, donde se encuentra la enorme presa La Boquilla (1915), recibe las aguas de numerosos afluentes, entre ellos los ríos Humariza, del Parral, Florido, San Pedro, Chuvíscar y Sacramento. Hace años se calculó su escurrimiento en 900 millones de metros cúbicos anuales, lo que contrasta con el escurrimiento de ríos como el Fuerte (5 900 millones) o el Papaloapan (37 000 millones). Últimamente la cuenca del Conchos ha recibido gran atención de organizaciones e instituciones estadounidenses interesadas en propiciar un mejor manejo del agua. Siempre hay que tener presente que el Conchos es el principal afluente mexicano del Río Bravo, que compartimos con Estados Unidos según los términos del Tratado de Aguas de 1944.

Pero además de esas dos cuencas, el agua chihuahuense contiene otros componentes fundamentales. Varios ríos nacen y mueren en los límites del estado. Corresponden a las diversas cuencas endorreicas, cuyo nombre se refiere al hecho de que no tienen salida al mar. Las principales cuencas son las que se hallan en la vertiente oriental de la Sierra Madre, y son las siguientes: la del Río Casas Grandes, que desemboca en la Laguna de Guzmán; la del Río Santa María, que culmina en la laguna del mismo nombre, y la del Río del Carmen, que lo hace en la Laguna de Patos, todas situadas al noroeste del estado. Otras de menor tamaño son las de los lagos de Bustillos y Mexicanos, cerca de Cusihuiriachic, así como otras más pequeñas en la planicie oriental. Estas corrientes y cuerpos de agua, que en nuestros días muestran un deterioro notable, eran lugares atractivos para los pobladores más antiguos. No parece casual que Paquimé se ubicara en una de estas cuencas cerradas o continentales. Otro componente fundamental de la hidrografía es el agua subterránea, cuya explotación intensiva se inició en la segunda mitad del siglo XX. Bien sabemos que ahora se extraen grandes volúmenes en distintos puntos del estado, sobre todo con fines agrícolas y de provisión de agua para las localidades urbanas. Desde hace unos 40 años se han investigado con más cuidado sus características, tales como el volumen disponible, sus recargas y en general su comportamiento. Es un recurso en extremo frágil que por desgracia se explota de manera desordenada. La caída de los niveles freáticos, que encarece su extracción, es el principal indicador de que estamos haciendo mal las cosas en este sentido.

EL POBLAMIENTO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

En los valles, ubicados entre el oeste de la sierra y la planicie al oriente, es posible distinguir dos zonas atendiendo la altitud (y por tanto la temperatura, la vegetación y la precipitación) y la forma como se desarrolló el poblamiento del actual estado de Chihuahua. De manera arbitraria podemos proponer que la isoyeta de los 1 500 msnm constituye el lindero o división entre una y otra zonas, con dirección sureste-noroeste (véase el mapa I.2). La primera zona de los valles, la más alta, de hecho es el pie de monte de la Sierra Madre y en ella se encuentran las mesetas del Valle de Bustillos, del Papigochic y de Casas Grandes. Destacan las cuencas ya mencionadas de los ríos Casas Grandes, Santa María y del Carmen y sus respectivas lagunas. Para orientar al lector, podríamos decir que se trata de una especie de corredor que va junto al borde oriental de la sierra desde Parral hasta Paquimé. Allí se ubican precisamente esas dos localidades que tanto influyeron en la historia local. La segunda zona de estos valles es la ubicada por debajo de la isoyeta de los 1 500 msnm, donde se encuentran las dos principales localidades de nuestros días (Ciudad Juárez y la capital) y varias más, como Delicias, Camargo y Jiménez. Al oriente de estas localidades está la planicie árida y de baja densidad de población, dedicada ahora a la ganadería extensiva.

MAPA I.2. Distribución de los grupos indígenas en el siglo XVI

FUENTE: William Bedford Griffin, Indian Assimilation in the Franciscan Area of Nueva Vizcaya, Tucson, University of Arizona Press, 1979.

De acuerdo con esta perspectiva geográfica que distingue las partes alta y baja de los valles, puede decirse que durante los primeros 150 años de historia colonial (1560-1710) el poblamiento español, con base en Santa Bárbara, Parral y el Valle de San Bartolomé, se concentró en la parte alta, en el pie de monte de la Sierra Madre. Es lo que podría denominarse el “norte o noroeste de Parral”. Y aquí hay que preguntarse si a finales de la época prehispánica la porción más poblada era la misma (pensando en la jerarquía de Paquimé y en general de la cultura Casas Grandes), lo que significaría un alto grado de continuidad entre el poblamiento prehispánico más tardío y el poblamiento de los primeros 150 años de la época colonial. Durante esos primeros años, la sucesión de asentamientos españoles, desde Parral hasta Casas Grandes, pasando por Cusihuiriachic y el Valle del Papigochic, daba vida a esta porción de la Nueva Vizcaya. Pero desde el surgimiento de la villa de Chihuahua, en 1709, la historia “mueve” al grueso de la población, en términos de altitud, unos 500 m hacia abajo. Los acontecimientos históricos siguientes, en particular la urbanización del siglo XX, no hicieron más que consolidar la preponderancia contemporánea de la zona más baja y seca de los valles. Si se miran las cosas con cuidado, el trazo de las modernas vías de comunicación (los ferrocarriles a fines del siglo XIX y las carreteras pavimentadas a mediados del XX) contribuyó con fuerza a modelar ese movimiento descendente de la mayoría de la población hacia la parte más baja de los valles. A la parte alta sólo le correspondieron ramales secundarios. En cierto modo ese fenómeno se repitió en Sonora, donde a la vuelta del siglo XX el poblamiento serrano fue debilitándose conforme la población se movió hacia los valles costeros. Allí florecieron las que ahora son las principales localidades: Guaymas, Hermosillo y Ciudad Obregón. Ese movimiento sonorense tuvo una expresión política que está ausente en Chihuahua: la disputa entre Arizpe, Ures y Hermosillo por lograr la sede del gobierno estatal. En Chihuahua no se cuestionó la primacía de la villa formada en 1709 en la parte baja de los valles.

Hay que decir que el movimiento desde la sierra hacia los valles tuvo lugar al mismo tiempo que ocurría otro flujo de población, en este caso del sur hacia el norte, el sentido fundamental del poblamiento español y, siglos después, de las corrientes migratorias de mexicanos (no sólo chihuahuenses) hacia Estados Unidos. Si se quiere, en sus trazos más gruesos, la historia de Chihuahua está formada por esos dos movimientos de población que ocurrieron a lo largo de varios siglos, en especial desde 1709. La migración de los tarahumaras hacia el oeste, hacia la sierra, que también tuvo lugar en el tránsito de los siglos XVII al XVIII, no alcanzó a contrarrestar la fuerza de los movimientos principales, es decir, aquellos con dirección oeste-este y sur-norte. Este último movimiento obliga a hacer una última reflexión sobre la geografía.

NOTA SOBRE LA CONEXIÓN CON EL SUR Y EL OESTE Y LA FALTA DE CONEXIÓN CON EL ESTE

La historia de Chihuahua, como la de todo el norte mexicano, no puede explicarse del todo sin la conexión con el centro y el sur del país, en especial con la Ciudad de México. El movimiento de población sur-norte que acabamos de mencionar es clave para entender la pertenencia de esta zona a la nación mexicana. En su libro Las regiones de México, Bernardo García Martínez insiste en la larga continuidad de la organización del espacio norteño con base en la Ciudad de México, que funge como centro de un patrón radial, aspecto que se nota aún en nuestros días mirando cualquier mapa de carreteras, ferrocarriles y rutas aéreas. Esa manera tan perdurable de ocupar el espacio tiene su origen en el primer siglo de la época colonial. Uno de los componentes de esa organización espacial es justamente la debilidad de los vínculos o conexiones entre las localidades norteñas en un sentido este-oeste (como lo fue el poblamiento del suroeste estadounidense del siglo XIX) o con dirección oeste-este.

Veamos con más detalle este rasgo de la geografía histórica en el estado de Chihuahua. Al sureste de la planicie oriental se encuentra el Bolsón de Mapimí, una zona que desde la época colonial ha dificultado las comunicaciones directas entre Chihuahua, Coahuila y Nuevo León. En realidad, las carreteras y las vías férreas de nuestros días (que siguen muy de cerca el viejo camino Tierra Adentro, del que hablaremos más adelante) rodean el bolsón al comunicar primero a Chihuahua con la Comarca Lagunera y después a ésta con Saltillo y Monterrey. En la época colonial los españoles temían al bolsón por considerarlo zona de refugio de los “salvajes”; pocos se atrevían a cruzarlo. Lo mismo ocurría en el siglo XIX. Por eso impresionó tanto que Pancho Villa lo atravesara en muy pocos días en el verano de 1920. Hasta donde es posible saber, la única comunicación directa entre Chihuahua y Coahuila es, o era, un ferroducto que conectaba las minas de La Perla con las instalaciones industriales de Monclova.

Sin embargo, esta dificultad para la comunicación con el este, con Coahuila y Nuevo León, contrasta con la intensidad de las comunicaciones de los chihuahuenses con el oeste, es decir, con los pueblos serranos y con los valles costeros de los actuales estados de Sonora y Sinaloa, así como con localidades serranas del actual estado de Durango. Varios estudiosos, entre ellos Juan Luis Sariego, han insistido en que la sierra es un muy antiguo y complejo mundo social conformado por relaciones comerciales y familiares. Quizá nos hemos tomado muy en serio la división política entre entidades federativas (Sonora se separó de la Nueva Vizcaya en 1733), y ello nos ha llevado, erróneamente, a separar lo que está unido. Quizá también han influido las grandes dificultades que ha enfrentado la construcción de modernas vías de comunicación en la sierra, es decir, el ferrocarril y las carreteras. Ejemplo claro es que el ferrocarril Chihuahua al Pacífico se inauguró 77 años después de que se concluyera, en 1884, la línea férrea que unió a la Ciudad de México con Ciudad Juárez (Paso del Norte en esa época). Y la primera carretera que comunicó a Chihuahua con Sonora, la de Janos-Agua Prieta, es de principios de la década de 1980. Y apenas en los últimos años se terminó la carretera que une a las capitales de los dos estados a través de Basaseachic y Yécora.

Pero las dificultades de las comunicaciones modernas son un problema actual que nada tiene que ver con la muy antigua ocupación del espacio serrano, en la que destacan las relaciones de intercambio de chihuahuenses, indios y no indios por igual, con sinaloenses y sonorenses. Para su suerte, los arqueólogos no tienen que lidiar con linderos jurisdiccionales. Seguramente por eso pueden afirmar, como hace Arturo Márquez en su contribución a la Historia general de Chihuahua, que “la Sierra Madre Occidental es un corredor geográfico que ha estado funcionando desde la Prehistoria hasta nuestros días”. Ocurre que la intensa comunicación chihuahuense con el oeste no alcanzó nunca la jerarquía política y económica de la conexión sur-norte. Incluso, si se quiere, el movimiento oeste-este, desde la parte alta hacia la parte baja y árida de los valles, es un ajuste menor que en nada contradice la vigencia de la organización general del poblamiento del norte mexicano con base en la Ciudad de México, es decir, de sur a norte.