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Jean-Pierre Tardieu

RESISTENCIA DE LOS NEGROS EN EL
VIRREINATO DE MÉXICO

(SIGLOS XVII-XVIII)

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TIEMPO EMULADO

HISTORIA DE AMÉRICA Y ESPAÑA

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La cita de Cervantes que convierte a la historia en “madre de la verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”, cita que Borges reproduce para ejemplificar la reescritura polémica de su “Pierre Menard, autor del Quijote”, nos sirve para dar nombre a esta colección de estudios históricos de uno y otro lado del Atlán tico, en la seguridad de que son complementarias, que se precisan, se estimulan y se explican mutuamente las historias paralelas de América y España.

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Jean-Pierre Tardieu

RESISTENCIA DE LOS NEGROS
EN EL VIRREINATO DE MÉXICO

(SIGLOS XVI-XVII)

Iberoamericana - Vervuert - 2017

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ISBN 978-84-8489-471-1 (Iberoamericana)

ISBN 978-3-95487-583-2 (Vervuert)

ISBN 978-3-95487-584-9 (e-Book)

Diseño de cubierta: Rubén Salgueiros

Ilustración de cubierta: Codex Telleriano-Remensis, fol. 45r, Biblioteca Nacional de París

ÍNDICE

Introducción

PRIMERA PARTE ALIENACIONES

Capítulo 1

El caso de Juan Garrido

1.1. Los negros y la conquista

1.1.1. Los teocacatzacti o “dioses sucios”

1.1.2. El papel de los negros en la conquista

1.2. Lo que se sabe de Juan Garrido

1.2.1. La visión de Peter Gerhard

1.2.2. Las proposiciones de Ricardo E. Alegría

1.3. Juan Garrido, ¿un buscón negro en las Indias?

1.3.1. Origen del nombre

1.3.2. Algunas aclaraciones

Anexo iconográfico

Capítulo 2

El caso de Estebanico (1527-1537)

2.1. La expedición de Pánfilo de Narváez

2.1.2. Preparativos y contexto

2.1.2. La adversidad del sino

2.1.3. El episodio de la isla de Mal Hado

2.2. La odisea de Cabeza de Vaca

2.2.1. El buhonero

2.2.2. El esclavo

2.2.3. El chamán

2.3. Hacia el desenlace

2.3.1. Aspectos mesiánicos

2.3.2. Visión predestinacionista y utopía profética

SEGUNDA PARTE RECHAZOS

Capítulo 3

El motín de negros bozales en La Rinconada, Veracruz (1669)

3.1. Los hechos

3.1.1. Contextualización

3.1.2. La expedición

3.1.3. El motín

3.2. El efímero reinado del crar Bomba

3.2.1. Un protocolo insólito

3.2.2. Interpretaciones

Anexo documental

Capítulo 4

Cimarronaje

4.1. Vacilaciones: entre prevención y represión

4.1.1. Antecedentes

4.1.2. Medidas preventivas

4.1.3. De la represión a la negociación

4.2. Vuelta a la represión

4.2.1. Por el camino de Veracruz

4.2.2. Por el camino de Acapulco

A. Anexo documental

A1. Asiento con el capitán Álvaro de Baena

A2. Asiento con el capitán Pedro Ochoa de Ugarte

B. Anexo iconográfico

Capítulo 5

El desafío de Yanga

5.1. El reino de Yanga

5.1.1. Las referencias

5.1.2. El palenque principal

5.2. La guerra contra los “yanguicos”

5.2.1. Los preparativos de Pedro González de Herrera

5.2.2. Las fuerzas antagónicas

5.2.3. El enfrentamiento

5.3. La reducción de los “yanguicos”

5.3.1. La fundación de San Lorenzo de los Negros

5.3.2. Rebrotes de resistencia

5.4. Otras represiones

Anexos

A. Anexo documental

A1. Capitulaciones con Yanga

A2. Fundación del presidio de Córdoba

B. Anexo iconográfico

Capítulo 6

De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de Cerralvo (1636-1676)

6.1. La segunda fundación del pueblo

6.1.1. Tensiones y nuevas capitulaciones

6.1.2. Cuestión de la mudanza

6.2. El conflicto con la villa de Córdoba

6.2.1. Cuestión de competencias

6.2.2. Fidelidad de los vecinos de San Lorenzo

Anexo documental

A.1. Comisión del capitán don Pedro Salgado y Castro, 1646

A.2. Comisión de don Antonio Sentís, 1673

A.3. Certificado de don Álvaro Ordóñez Barón, 1641

TERCERA PARTE CONJURACIONES

Capítulo 7

Psicosis en México

7.1. Alertas del siglo XVI

7.1.1. Los sucesos de 1537

7.1.2. El alboroto de 1574

7.2. Coronación de un rey negro (1608)

7.2.1. La visión del virrey Luis de Velasco

7.2.2. La visión del alcalde del crimen López de Azoca

Anexo documental

Carta del alcalde del crimen sobre los sucesos de 1608

Capítulo 8

Conjuración de negros en México (1612)

8.1. La visión oficiosa

8.1.1. El autor de la relación

8.1.2. Situación de los negros en México

8.1.3. El complot

8.1.4. Medidas preventivas

8.2. La visión de un español del común

8.2.1. El complot

8.2.2. El castigo

8.3. La visión de un indio principal

8.3.1. El complot

8.3.2. El castigo

Anexo documental

Conclusión

Bibliografía

Aman e codician naturalmente todas las criaturas del mundo la libertad, cuanto más los hombres, que han entendimiento sobre todas las otras, e mayormente en aquellos que son de noble corazón.

Alfonso X el Sabio, Las Siete Partidas.

Partida cuarta, Título XXII “De la libertad”.

… ellos se havían retirado a aquel lugar, por libertarse de la crueldad y de la perfidia de los españoles, que sin algún derecho, pretendían ser dueños de su libertad; que favoreciendo Dios una causa tan justa, havían, hasta entonces, conseguido gloriosas victorias de todos los españoles que havían venido a prehenderlos. Que en asaltar los lugares y haciendas de los españoles, no hacían sino recompensarse, por fuerza de las armas, de lo que injustamente se les negaba.

Mensaje de Yanga al capitán Pedro González de Herrera.

INTRODUCCIÓN

Con motivo de las últimas conmemoraciones de la abolición de la esclavitud en Hispanoamérica, los movimientos afrodescendientes, en pos de la reconstrucción identitaria,1 valorizaron a los adalides de la resistencia negra en contra de la sociedad dominante. Citaremos, por ejemplo, a los “reyes” Bayano, de Panamá;2 Miguel, de Barquisimeto (Venezuela),3 a mediados del siglo XVI; y Benkos, de Cartagena de Indias (Colombia),4 a principios del XVII; “capitanes” cimarrones que alcanzaron una dimensión de índole mítica.

En México, sucedió igual con Yanga, caudillo de una comunidad que, durante varios decenios, entre fines del siglo XVI e inicios del XVII, puso en peligro el tránsito por el camino real de Veracruz, robando mercancías, matando a quienes se oponían, raptando indias y saqueando haciendas o estancias. Hasta que el virrey Luis de Velasco el Mozo, en su segundo mandato, decidió acabar con él. El prestigioso cabecilla, a cambio de la libertad para su comunidad, se vio obligado en 1609 a aceptar la reducción a un pueblo, no muy distante de su palenque mayor, llamado desde entonces San Lorenzo de los Negros. Pero los vecinos no dejaron de manifestar una altiva autonomía que desembocó en una segunda fundación, la de San Lorenzo de Cerralvo. Ello por supuesto, como en Panamá, no terminó con el cimarronaje, al cual tan sólo podía dar fin una manumisión general.

Yanga, en 1860, fue proclamado héroe nacional. Por decreto de 5 de noviembre de 1932, San Lorenzo cambió de nombre, adoptando el de su héroe epónimo.5 La república de México fue el primer país de Hispanoamérica en adoptar semejantes medidas, lo cual no menguó el pesimismo de Gonzalo Aguirre Beltrán, quien, en la introducción a la segunda edición (1972) de su estudio La población negra de México (1946), no vaciló en declarar que “a diferencia de otros países hermanos del Continente donde los estudios etnohistóricos del negro se han desenvuelto de modo sorprendente, México sigue negándose a reconocer la importancia de la contribución africana”.6

Las cosas ya habían empezado a cambiar desde el extranjero, en particular con los trabajos de Edgar F. Love, Peter Boyd-Bowman y, principalmente, la tesis de Colin Palmer.7 Pero en México, fue menester esperar el final del siglo XX y el principio del XXI para que abundasen los estudios sobre los afromexicanos, más precisamente para la región de Veracruz.8 Y, desde México, la valiosa dedicación de Luz María Martínez Montiel se extendió a todo el continente con la publicación de tres volúmenes que compilan artículos de los mejores especialistas en estudios afrohispanoamericanos.9

Ahora bien, los grandes muralistas les habían tomado la delantera a los etnohistoriadores. En los frescos del Palacio Nacional, Diego Rivera no sólo representó a Juan Garrido, sino que consagró varios espacios hondamente significativos a los negros de Nueva España. José Clemente Orozco, en su visión revolucionaria, no se olvidó de Yanga. Y José Gordillo situó al caudillo cimarrón al lado de Cuauhtémoc en su Canto a los héroes pintado en 1952.10 Últimamente, la Comisión Especial de Apoyo a los Festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución de la Cámara de Diputados proyectó inscribir con letras de oro en el Muro de Honor del Palacio Legislativo de San Lázaro el nombre de Gaspar Yanga, al lado de los de Jacinto Canek y Valerio Trujano, héroes de origen indígena.11

Del personaje de Yanga se ha apoderado también la literatura mexicana. Guillermo Sánchez de Anda, por ejemplo, le consagró una novela12 que evocaremos más adelante. De momento, quisiéramos decir cuánto nos extrañaron los avatares de la posteridad del héroe y de sus compañeros en la obra del novelista Jordi Soler La última hora del último día (2007),13 continuación de Los rojos de ultramar (2004). El tema versa sobre una agrupación de republicanos catalanes en La Portuguesa, propiedad situada en la selva veracruzana. El capítulo 13 trata de sus relaciones con los descendientes de Ñanga (otra grafía para “Yanga”). Ambos grupos, debido a su marginalidad, acabaron por experimentar cierta solidaridad. El autor hace de Yanga un “príncipe de los Dincas, hijo del rey de los Bora del Alto Nilo, al suroeste de Gondoco”.14 Si le presta una actitud digna del personaje histórico, no pasa igual con los últimos herederos de su comunidad. Desempeñan un papel burlesco, dedicándose a ceremonias “vodú” (¡!) de magia negra, solicitadas por los catalanes para acabar con el dictador español, sin contar con otros aspectos irrisorios que no hace al caso apuntar aquí. Todo ello concurre a plasmar una visión hondamente negativa. Pero, al fin y al cabo, no se nos ocurrirá poner en tela de juicio la libertad del autor de una obra de ficción.

Esta referencia literaria nos incitó a concretar un proyecto en el que ya llevábamos algún tiempo pensando, o sea, estudiar la resistencia de los negros a los esquemas esclavistas imperantes en los primeros tiempos del virreinato novohispano15, reanudando un tema que tratamos en relación con otras provincias de las Indias occidentales españolas. Cabe ponerse de acuerdo sobre el sentido del término “resistencia”, para no caer en la trampa de la univocidad. ¿Qué es la resistencia, sino el hecho de oponerse una fuerza a la acción o a la violencia de otra? En el acto pensamos pues en la violencia como respuesta a la violencia. Pero es sabido que la violencia no es la única manera de resistir. De un modo paradójico, a plazo más o menos largo, la adhesión a los esquemas sociales imperantes pudo ser una forma de resistencia pasiva muy provechosa para las víctimas del esclavismo.

Y esta resistencia empezó desde los albores de la colonia. Sin pasar por el aro de la alienación más completa, Juan Garrido, el negro que por primera vez sembró trigo en el Nuevo Mundo, no hubiera tenido la oportunidad de mandar al Consejo de Indias una probanza con el fin de solicitar el premio de sus servicios. Algo más tarde, el desastre de la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida le permitió a Estebanico borrar de un modo muy pragmático las diferencias con sus amos, desempeñando un papel de primera magnitud en el descubrimiento del sur de los actuales Estados Unidos.

Incluso la resistencia activa se diversificó según las circunstancias. Podía manifestarse desde el desembarco de los esclavos bozales en Veracruz, movidos por la ingenua esperanza de volver a África, como ocurrió con el motín de La Rinconada en 1669. En México —y quizá más que en otros “reinos”— la sociedad colonial se caracterizaba por una honda contradicción entre la necesidad de mano de obra servil, cada vez más apremiante, y la psicosis suscitada por su rebeldía, siendo la libertad el bien más precioso del hombre, según admitía la legislación castellana de Las Siete Partidas. Así que el cimarronaje, o sea, el hecho para los esclavos de echarse al monte, llegó a ser una preocupación esencial de las autoridades, que nunca consiguieron dominar el fenómeno. Hasta cuando se creían a punto de acabar con las resistencias más férreas, se veían obligadas a negociar, transformándose pues la reducción en un mal menor para los cimarrones, que alcanzaban no sólo la dignidad de hombres libres, sino también la facultad de vivir en comunidades autónomas. Fue el caso de la del “rey” Yanga.

Y, por si fuera poco, la aparente sumisión, controlada a través de las cofradías religiosas, podía generar un fermento de levantamiento. Pruebas de esto son las diversas amenazas que conoció la capital del virreinato a fines del siglo XVI y a principios del XVII.16

1. Véase, por ejemplo, Mosquera/Pardo/Hoffmann (2002).

2. Bayano, uno de los primeros héroes de la resistencia cimarrona, personaje central de un trabajo nuestro titulado Cimarrones de Panamá. La forja de una identidad afroamericana en el siglo XVI (2009).

3. Fray Pedro de Aguado (1919: vol. II, 183-250).

4. Escalante (1964: 114-115).

5. Otra prueba de reconocimiento es el hecho de que el hospital general de Córdoba escogió como nombre el del héroe negro. Con el tiempo, y por varios motivos que a este trabajo no le corresponde exponer, desapareció el fenotipo negro del actual pueblo de Yanga, aunque sigue encontrándose en pueblos de la comarca.

6. Aguirre Beltrán (1972: 11). Una discípula del maestro, Sagrario Cruz-Carretero, en su introducción a The African Presence in México (2006), catálogo de la exposición itinerante del mismo nombre, se demora en la resistencia de los mexicanos a admitir su “tercera raíz”.

7. Love (1967: 89-103) evoca muy rápidamente la de Yanga y la conspiración de 1612 en México. Boyd-Bowman (1969: 134-151) trata de la esclavitud en Puebla (procedencia, nombres, compra-venta, ocupaciones, cimarronaje, criminalidad). Palmer (1971) estudia detenidamente estos diferentes aspectos para todo el virreinato. Nuestras referencias remitirán a esta edición de la tesis. Más asequible es la edición posterior, Slaves of the White God: Blacks in Mexico, 1570-1650 (1976).

8. Citaremos algunas de ellas: Cruz Carretero (1992); Chávez Hita (2001); Naveda Chávez Hita (1987); Del Valle Pavón (1997, 2001); Winfield Capitaine (1984); Castañón González (2002).

9. Martínez Montiel (1993, 1995).

10. Véanse nuestros comentarios en los capítulos consagrados a Juan Garrido y Yanga.

11. Pitalúa Torres (2010: 16).

12. Sánchez de Anda (1998).

13. Soler (2007: 157-182).

14. El autor confiesa en su novela haberse inspirado en Negros y chinos de Veracruz del historiador Cosme Villagrán. El origen presentado por el novelista es el que suministran a sus lectores varios manuales de vulgarización, debido al error de Vicente Riva Palacio, ministro y nieto de Vicente Guerrero, segundo presidente de la república, que tenía una ascendencia negra. Para V. Riva Palacio, en 1870, Yanga era un miembro de la tribu de los yanga-bara, en el Alto Nilo, de la nación de los dincas, al sudoeste de Gondocoro. Véase Riva Palacio (s. a.: 549).

Evoca la equivocación el escritor Moya Palencia (2006: 248). Según éste, Yanga sería oriundo de Byanga o Nyanga, caserío que se encontraba a orillas del río Cacheu, en la actual Guinea Bissau. Habría sido proclamado rey de no haberle raptado un tío suyo, quien lo vendió a los portugueses. Pasó a poder de negreros españoles, los cuales lo trasladaron a Nueva España (2006: 249). En las reseñas de Internet, se encuentran referencias aún más extrañas que las de V. Riva Palacio. Una de ellas asevera que Yanga era de origen “brang”, “espacio que ocupa la actual Guinea y donde gobernaba la familia real de Gabón” (sic).

Mucho más verosímil es la proposición de Nicolás Ngou-Mve, experto en los orígenes bantúes de los esclavos de Nueva España. Se pregunta el historiador gabonés si la etnia “bran”, a la que se refiere el jesuita Laurencio hablando de Yanga, no correspondería a los “bram” o “brama” (“bavarama”) de África Central. Véase Ngou-Mve (1997: 40).

G. Castañón González (2002: 121 y 123), en cuanto a los orígenes de Yanga, se apoya en la proposición de V. Riva Palacio, aunque no descarta la de N. Ngou-Mve.

15. Para lo que toca a los diferentes aspectos de la esclavitud de los negros en México —su sitio en la sociedad colonial, su dimensión religiosa, el acceso a la libertad—, remitimos a los diferentes estudios evocados y, en particular, a los de C. Palmer (1974, 1976).

16. Aludimos más arriba al interés de V. Riva Palacio por los negros de Nueva España. En una de sus obras, Teodoro, negro de grandes cualidades humanas, participó en la conjuración de 1612. Véase: Monja casada, virgen y mártir, edición y prólogo de Antonio Castro (1988 [1868]).

PRIMERA PARTE
ALIENACIONES

En la península ibérica, a diferencia de lo que ocurrió en los otros países de la cristiandad, las guerras de reconquista favorecieron el mantenimiento del esclavismo tanto en el campo cristiano como en el musulmán. Además, desde la mitad del siglo XV, las expediciones portuguesas y andaluzas por las costas del África occidental trajeron a los mercados de Lagos y de Sevilla gran número de esclavos, a los cuales se añadían los siervos llegados a los puertos del Mediterráneo con la mediación de los magrebíes.1

Después del descubrimiento y de la colonización de las islas del Caribe, todos los conquistadores, de cualquier importancia, que pasaban a Tierra Firme llevaban consigo pajes de armas comprados en las gradas de la catedral de Sevilla. Así, antes de iniciarse la trata negrera con el fin de satisfacer las necesidades en mano de obra de sustitución, los indígenas percibieron a los esclavos negros como compañeros de los conquistadores. Éste fue el primer aspecto de la servidumbre de los africanos en el Nuevo Mundo, el cual perduró hasta el final de la conquista. Hernán Cortés en el imperio azteca, Francisco Pizarro en el Tawantinsuyu, Pedro Valdivia frente a los araucos de Chile, y sus émulos acudieron a las aptitudes guerreras de aquellos seres, obligados, muy a pesar suyo, a ponerlas al servicio de sus dueños.2

La documentación archivística o las crónicas, que solían pasar por alto las hazañas de la gente humilde para acordarse tan sólo de los caudillos, evocan sin embargo a unos de sus compañeros de origen africano. Fue el caso de Juan Garrido, quien, en su probanza de 1538, o sea al final de su vida, proclamó su fidelidad a Cortés a la vez que protestó contra la ingratitud de sus jefes; o de Estebanico, uno de los cuatro sobrevivientes de la expedición a La Florida de Pánfilo de Narváez (1537), al lado de Cabeza de Vaca. Tanto el uno como el otro dieron pruebas de una completa adhesión a los esquemas mentales de los conquistadores. Pero esta alienación, sería pecar de ingenuo no admitirlo, traducía un profundo anhelo de resistir a lo destructor de la condición servil.

1. Véase a este respecto Verlinden (1964), Hernando (2003).

2. No nos demoraremos en este aspecto por haberlo desarrollado detenidamente en Tardieu (2000: 15-31).

CAPÍTULO 1

EL CASO DE JUAN GARRIDO

Antes de entrar en materia, dejemos sentado que no se habría efectuado la conquista del Nuevo Mundo sin los africanos proporcionados a los conquistadores por los negreros lusos. Hecho este presupuesto, resulta difícil rastrear quiénes eran estos hombres e imaginar cuál sería su estado de ánimo, dada la “invisibilidad” del esclavo negro, bien semoviente, cuyos orígenes importaban un comino, a no ser que se relacionaran con aptitudes precisas.1 Buen ejemplo es el caso de Juan Garrido, uno de los más famosos entre estos compañeros de armas de los conquistadores de Nueva España, conocido por haber sido el primero en sembrar trigo en el Nuevo Mundo. Llamó la atención de varios estudiosos, quienes se vieron obligados a admitir que, a fin de cuentas, muy poco se sabía de él.

Un posible indicio en cuanto a sus orígenes, suministrado por la documentación archivística portuguesa que comentaremos a continuación, nos incitará a interesarnos también por este personaje, mucho más misterioso de lo que consintió decirlo, y a preguntarnos, intentando reconstruir su mentalidad, por el motivo de su silencio.

1.1. LOS NEGROS Y LA CONQUISTA

1.1.1. Los teocacatzacti o “dioses sucios”

Entre las tropas reunidas por Hernán Cortés para cumplir con la misión confiada por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, no faltaban negros, esclavos comprados por sus dueños para servirles como pajes de armas, o libres alistados para cumplir las ruines faenas que solían corresponderles. Francisco López de Gómara, al tratar de los preparativos, alude tan sólo a “ciertos negros”,2 sin precisar su número ni sus ocupaciones. Fray Diego Durán se refiere de un modo muy vago a la “gente de servicio, de negros y criados” que acompañaba a los trescientos hombres de Cortés.3 Bernal Díaz del Castillo, testigo fidedigno, tan sólo evoca la presencia de un esclavo que acompañaba a Juan Sedeño, “el más rico soldado que hubo en toda la armada”. Sus recursos le permitieron poner a la disposición de su jefe un navío, una yegua y un negro, “porque en aquella sazón no se podía hallar caballos ni negros si no era a peso de oro”.4 Además de su escaso número, es de añadir que las crónicas de la conquista observan el silencio más completo acerca de estos negros, a cuyo comportamiento muy pocas veces aluden, salvo en casos llamativos por diversos motivos.

El primero de ellos era la reacción de los naturales frente a estos hombres cuyo fenotipo difería del aspecto de los recién llegados. Es conocida la interpretación que, en un primer tiempo, dieron los indígenas a la intromisión de los españoles en su existencia. En 1518, unos mensajeros le dijeron al emperador Moctezuma: “Señor, dignos somos de muerte. Oye lo que hemos visto, lo que hemos hecho. Tú nos posiste en guarda a la orilla del la mar. Hemos visto unos dioses dentro de la mar y fuimos a recibirlos…”.5 Al parecer todo lo que no encajaba con los conocimientos de los aztecas era de origen divino, así que cuando volvieron los españoles en 1519, se les siguió tratando de dioses, como escribió fray Toribio de Benavente o Motolinía: “A los españoles llamaron teteuh, que quiere decir dioses, y los españoles corrompiendo el vocablo decían teules…”.6 No insistiremos en estas creencias ya bien estudiadas, sino para recordar que se pusieron a pensar los mexicanos que tenían algo que ver con el dios Quetzalcóatl.7 Confirmaban esta hipótesis todos los agüeros consultados. Pero quedaba por encontrar una explicación de la diferencia que presentaban los negros.

Fray Bernardino de Sahagún, en Historia general de las cosas de Nueva España, evocó la perplejidad de los mensajeros enviados por Moctezuma a los navíos de Cortés, quienes trataron

… de cómo tenían [los españoles] las caras blancas y los ojos garzos, y los cabellos rojos y las barbas largas, y de cómo venían algunos negros entre ellos que tenían los cabellos crespos y prietos.8

La mitología azteca no carecía de recursos para presentar una conexión causal. El mismo cronista añadió algo más lejos que si Moctezuma “tenía que aquellos [los españoles] eran dioses que venían del cielo”, también pensaba que los negros “eran dioses venidos del cielo”9.

Escuchemos a fray Juan de Torquemada, autor de Monarquía indiana:

… començaron desde entonces a traerles Mantenimientos comunes, de los que los Indios comían, así de Pan, como de carne, y otras Frutas, y Raíces, que ellos preciaban mucho, y como vieron que los comían, continuaron en regalarlos con ellas, y se consolaban mucho por ver que tenían Manjares, con que poder aplicar a estos Hombres, que entonces tenían por Dioses, y no solo a los Españoles, pero a los Negros, los reverenciaron como a tales, y les llamaban Teocacatzacti (que quiere decir Dioses Sucios, o Negros).10

1.1.2. El papel de los negros en la conquista

Los indios, después de darse cuenta de la realidad, seguían desconociendo la condición servil de los negros y sólo veían en ellos compañeros de los temidos españoles. Durante la conquista del imperio azteca, como luego en otras empresas parecidas a través del nuevo continente, se aprovecharon los negros del sentimiento de temor que infundían para compensar su estrechez, actitud que notaron tanto fray Toribio de Benavente como fray Juan de Torquemada. Cortés, preparándose para la toma de Tenochtitlán, ordenó a sus hombres, asegura éste, “que no se tratase mal a los Indios amigos, sino que con ellos se tuviese mucha amistad”. Así, dos negros suyos merecieron la horca, por haberles parecido cosa de poca monta robarle a un indio una gallina y dos mantas. Motolinía, si no condena la extrema severidad de su dueño, da a entender que los apuros sufridos por los siervos los incitó a este atropello, aseverando que “no tenían cosa de más valor”,11 lo cual parece muy verosímil. Dado el precio de los esclavos, era significativa la decisión del conquistador.

El episodio de la conquista en el que las crónicas se refieren más al papel desempeñado por los esclavos negros es el enfrentamiento del conquistador con Pánfilo de Narváez, encargado por Diego Velázquez de poner fin a su empresa solitaria. Viose obligado Cortés a dejar Tenochtitlán para dirigirse a Veracruz, donde, en poco tiempo, desbarató a su adversario. Distaba mucho Narváez de pensar que tenía Cortés tantas posibilidades de reaccionar, dejándose coger casi por sorpresa. Gonzalo de Sandoval, informa fray Juan de Torquemada, consiguió llegar hasta su alojamiento situado en una “torre” (templo), que precedía un aposento donde permanecían unos negros, criados y posiblemente guardias personales del caudillo. Al oír los ruidos provocados por la intrusión, uno de ellos salió con lumbre en mano para ver lo que estaba pasando. Le mataron con dos golpes de pica y pasaron adelante los agresores.12

Presentándose Cortés, se le acercó otro negro de Narváez, que tenía fama de chocarrero, para intentar granjearse su benevolencia:

Díjole muchas gracias, y que cuando oyó decir: “cierra, cierra”, creyó que era suya la victoria, y que le dijo: “este es mi gallo”, y que se subió a un árbol, y que hasta entonces había estado allí, temiendo que los enalbardales no le cazasen con las palas en el horno que llevaban; y esto dijo por los “escaupiles”, y por las largas picas13 que llevaban los soldados de Cortés.

Divertido por la anécdota, le premió el conquistador con una moneda de oro de un valor de doscientos ducados, siguiendo el siervo con sus halagos que no carecían de gracia:

… bailó con ella, dijo, entre otras correrías: “Capitán, tan bien habéis hecho la guerra, y vencido con esto, como con vuestro esfuerzo; si me echáredes a cadena, sea de esto, que a fe que a los que las echáredes tales, no se os vayan presto”.14

Otros negros de Narváez dieron pruebas más torpes de adulación. Tocaban sus pífanos y tambores gritando: “Viva, viva la gala de los romanos, que siendo tan pocos han vencido a Narváez y sus soldados”. Uno, llamado Guidela y calificado de “gracioso truhán”, decía a voces: “Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña”. Como no consentían callarse, Cortés mandó que se prendiese al atabalero, un tal Tana, medio loco.15

Según López de Gómara, esta guerra le costó mucho a Diego Velázquez, “la honra y un ojo a Pánfilo de Narváez, y muchas vidas de indios que murieron, no a hierro, sino de enfermedad”. Les contaminó un negro víctima de viruelas,

el cual las pegó en la casa que lo tenía en Cempoallan, y luego un indio a otro, y como eran muchos, y dormían y comían juntos, cundieron tanto en breve, que por toda aquella tierra anduvieron matando.16

Dichos negros, después de la derrota de su jefe, pasaron a las filas del vencedor. ¿Venía Juan Garrido entre la gente de Narváez? En la probanza hecha por Juan Tirado en el pleito contra Hernán Cortés en 1529, el testigo Andrés de Monxaraz afirma que, la misma noche en que llegó Cortés al lugar donde se encontraba Narváez, le prendió un espía llamado Garrido.17 El mismo Narváez, en la residencia de Hernán Cortés hecha en 1529, declaró, por mediación del licenciado Ceballos, que le robó el conquistador “todos sus bienes e xoyas e armas e caballos e municion, oro e plata y esclavos e provision que tenia, ansi en la dicha ciudad de campuel, como en diez e ocho navios que tenia en la mar”.18 Hugh Thomas, apoyándose en Francisco de Icaza,19 piensa que Juan Garrido pudo llegar con los hombres reclutados por Cortés.20

El propio Cortés muy pocas veces alude a la participación de los esclavos negros en sus empresas. En la quinta carta dirigida a Carlos V, el 3 de septiembre de 1526, tratando de su expedición más allá de Tabasco hacia la población de Zaguatán, evoca la ayuda prestada por los indios de Coazacoalco. Le mandaron veinte canoas cargadas de bastimentos. Mientras cruzaba un río con estas embarcaciones, se ahogó un esclavo negro. Luego, al pasar otro río, el de Chilipán, con destino al pueblo del mismo nombre, se ahogó otro esclavo.21

Acabada la conquista, para sacar el mejor provecho de sus tierras, el marqués del Valle dio varias instrucciones para la compra de siervos. El 10 de febrero de 1530, según una escritura del escribano sevillano Gómez Álvarez de Aguilera, Juan de Villarreal, de la orden de Calatrava, estante en Sevilla, vendió a don Hernán Cortés un esclavo negro de 25 años llamado Juan Garrido, natural de Guinea, por 60 ducados de oro.22 Por supuesto, este esclavo no tenía nada que ver con el personaje que nos interesa aquí. El 16 de enero de 1533, el conquistador dio su poder al licenciado Núñez para comprar quinientos esclavos.23 No insistiremos en este aspecto que no tiene una relación directa con nuestro tema.

En su probanza de 1538, afirmó rotundamente Juan Garrido “…e servydo a V. M. en la conquista e pasificación desta Nueva España desde que pasó a ella el Marqués del Valle y en su compañía me hallé presente a todas las entradas e conquista e pacificaciones que se an hecho siempre con el dicho Marqués…”. En el mismo documento alude rápidamente a su participación en la conquista de San Juan de Puerto Rico y de Cuba con Diego Velázquez, en el descubrimiento de La Florida con Juan Ponce de León y de las “yslas que estan desa parte de la mar del sur” (Baja California) donde pasó “muchas hambres y necesidades”. Por fin proclama “yo fui el primero que hizo la yspiriencia en esta Nueva España para sembrar trigo e ver si se dava en ella…”.24

1.2. LO QUE SE SABE DE JUAN GARRIDO

1.2.1. La visión de Peter Gerhard

Lo que se sabe de Juan Garrido se debe en buena parte al trabajo de Peter Gerhard, presentado en un artículo titulado “A Black Conquistador in Mexico”, publicado en 1978.25 El historiador se valió de los datos recogidos por Francisco de Icaza en su Diccionario autobiográfico de conquistadores y pobladores de Nueva España.26 Según éstos, el negro Juan Garrido, después de convertirse al cristianismo en Lisboa, se trasladó a Castilla, donde se quedó siete años, antes de cruzar el mar con destino a Santo Domingo. Permaneció el mismo tiempo en el territorio, a partir del cual visitó otras islas, en particular la de Puerto Rico donde residió una temporada aún más larga. Después, se fue a Nueva España, donde presenció la toma de Tenochtitlán y participó en otras conquistas. Acompañó a Cortés en el descubrimiento de las islas (Baja California) y fue el primero en sembrar trigo. Hasta aquí el resumen de la reseña de Icaza.

Gerhard formuló la hipótesis de que Juan Garrido llegara al Nuevo Mundo en 1510, al lado quizá de un español llamado Pedro Garrido, quien acompañó luego a Cortés a México, a no ser que se le llamara así por su aspecto físico (“Juan Garrido can be roughly translates as ‘handsome John’”). Tampoco descarta la posibilidad de que viniese con Juan Núñez Sedeño, un compañero de Cortés, información suministrada por el Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México.27 Pero, añade, Manuel Orozco y Berra le puso entre los negros que se alistaron entre los hombres de Pánfilo de Narváez, quien desembarcó en Veracruz en 1520. Fuera lo que fuere, estuvo presente en el sitio de Tenochtitlán, y su apellido apareció por primera vez en una decisión del cabildo de México, con fecha de 8 de marzo de 1524, que concedió un solar para el establecimiento de una forja por la calzada de Tacaba, al salir de la ciudad, pasada la ermita de Juan Garrido. Lucas Alamán identificó el santuario, modestamente edificado por el mismo Juan Garrido en este lugar en conmemoración de los españoles muertos al huir de Tenochtitlán durante la Noche Triste, al cual sucedió la iglesia de San Hipólito de los Mártires.28

Luego, entre 1523 y 1525, se dirigió nuestro personaje con Antonio de Carvajal hacia las tierras calientes de Michoacán y las costas de Zacatula. De regreso a México, habría sembrado trigo por primera vez en el Nuevo Mundo. Gerhard cita el testimonio del conquistador Andrés de Tapia que proponemos a continuación:

Al marqués, acabado de ganar México, estando en Cuyoacan, le llevaron del puerto un poco de arroz [e] iban entre ello tres granos de trigo [y] mandó a un negro horro que lo sembrase: salió el uno, y como los dos no salían, buscáronlos y estaban podridos. El que salió llevó cuarenta y siete espigas de trigo. De esto hay tanta abundancia que el año de 1539 yo merqué buen trigo, digo extremado, a menos de real la hanega; y aunque después al marqués le llevaron trigo, iba mareado y no nació. De este grano es todo y hase diferenciado por las tierras do[nde] se ha sembrado, y uno parece lo de cada provincia, siendo todo de este grano.29

Volviendo a la presentación de Gerhard, se vale luego de la crónica de Gil González Dávila para identificar a este negro horro con Juan Garrido, “a servant of Hernando Cortés”.30 Nuestro personaje se dedicaba al cultivo de una huerta suya cerca de la ermita que construyó, sin poder residir, asevera el historiador, en el centro de la ciudad, reservado a los solares de los “vecinos”. Se le habría concedido uno en la Calle de la Agua el 10 de febrero de 1525, año en que obtuvo el cargo de portero del cabildo con un sueldo de 30 pesos anuales. También hacía de pregonero y se dedicaba al mantenimiento del acueducto de Chapultepec por 50 pesos al año. En 1527, perdió el cargo de pregonero y se transformó en minero en la provincia de Zacatula. No le resultó provechosa la busca de oro y volvió con deudas a su huerta de México. Ello no le impidió seguir a Cortés en su expedición a la mítica isla que se reveló ser la península de California, de donde regresó tan modesto como antes. En 1536, se encontraba de nuevo en México, apareciendo dos veces en escrituras dirigidas al procurador de causas de la ciudad. Hasta aquí pues la sustancia de lo que propuso Gerhard a sus lectores.

1.2.2. Las proposiciones de Ricardo E. Alegría

En 1990, Ricardo E. Alegría brindó nuevos aportes sobre el personaje en su libro Juan Garrido, el conquistador negro en las Antillas, Florida, México y California,31 valiéndose de la documentación sacada de las crónicas de la conquista y de los archivos de México y de Sevilla, y en particular de la probanza que dirigió el negro en 1538 al Consejo de Indias para obtener alguna merced por sus servicios, que presenta en apéndice documental. Estudia detenidamente el historiador la actuación de Juan Garrido al lado de Juan Ponce de León, durante la conquista y la pacificación de la isla de Boriquén, o sea, Puerto Rico (1508-1510), en el descubrimiento de la “Isla de Biminí” o La Florida (1513), en las expediciones contra los indios caribes de las islas Guadalupe y Dominica (1515) y, por fin, en la conquista de La Florida (1521). Esta empresa fue la última para Ponce de León. Herido por una seta envenenada, se refugió en Cuba, donde, antes de morir, decidió mandar un socorro a Hernán Cortés. Se podría pensar que nuestro hombre embarcó en la “nao de Ponce de León” que llegó a Veracruz. Opina R. Alegría que Juan Garrido y Juan Cortés, el “esclavo negro del Capitán General” de quien habla Antonio de Herrera, son una misma persona, aunque el primero era libre.32 Recuerda que fue Francisco de Gómara, personaje bien informado por haber sido capellán de Cortés en España, quien atribuyó por primera vez la siembra del trigo a Juan Garrido. Se demora también en el comentario de tres dibujos del Códice Durán y del Códice Azacatitlán que representan a un paje de armas negro, lanza en mano, al lado de Cortés. Si se toma en cuenta lo que dijo el mismo Juan Garrido en su probanza, podría efectivamente tratarse de nuestro personaje. Sin volver sobre la mayor parte de los aspectos desarrollados por el autor, basados en un valioso análisis de los datos existentes, llamaremos la atención en algunos a la luz de un documento que se encuentra en anexo.

Deduce el historiador que Garrido pasó de África a Portugal entre 1494 y 1495, para hacerse cristiano, procedente de “los pequeños reinos africanos existentes entre el río Senegal y la región de Guinea. También es posible, añade, que procediese de la región del Congo o Angola, a donde ya habían llegado los traficantes portugueses a fines del siglo XV.”33 Pero nada sustenta la hipótesis de que “debió haber pertenecido a la clase dominante de un reino africano”, o de que “fue miembro de la realeza o de sus representantes”.

1.3. JUAN GARRIDO, ¿UN BUSCÓN NEGRO EN LAS INDIAS?

1.3.1. Origen del nombre

Según Corominas, a partir de 1335, el término “garrido” significaría “gallardo”, “hermoso” como subraya Gerhard. Anteriormente significó “travieso, ligero de cascos, juguetón, lascivo, deshonesto”. Hasta ahora, nada que nos enseñe algo sobre nuestro personaje. En cambio, lo que viene después es mucho más interesante. El vocablo era, añade el filólogo, “probablemente participio del verbo garrir, lat. GARRIRE ‘charlar, parlotear’, ‘gorjear’”.34 Todavía sigue existiendo el verbo “garrir”, de uso arcaico, asegura el Diccionario de la Real Academia (1956), con el sentido de “charlar” y luego de “gritar como el loro”. Al bautizarle, ¿quizá le dieron a Juan como gentilicio el apodo, algo irónico, correspondiente a su capacidad de mimetismo lingüístico, algo como los loros?

Intentaría entonces “arrimarse al más poderoso”, como muchos de estos míseros ganapanes que se pusieron al servicio de algún antiguo soldado de la Reconquista deseoso de lucirse más allá del mar Océano. Según A. Franco Silva, no faltaban los negros libres que se “enrolaban en navíos para ir a buscar trabajo y fortuna en las Indias”.35 Muchos “desempeñaron un papel auxiliar junto al conquistador”. Nos interesamos hace algunos años por el movimiento de los criados negros y mulatos de Sevilla al Nuevo Mundo en la primera mitad del siglo XVI, aprovechándonos del Catálogo de Pasajeros a Indias durante los siglos XVI-XVII y XVIII. La primera referencia de un negro libre, Francisco, se remonta al 5 de febrero de 1510. En las siguientes no se encuentra ningún indicio sobre el paso de Juan Garrido.36 Ello nos incita a pensar que efectivamente salió Juan Garrido de Sevilla antes de 1510. Quizá lo más cómodo para él sería alistarse entre los hombres a quienes reclutaban los conquistadores. El 9 de junio de 1508, por ejemplo, Diego de Nicuesa, en nombre de Alonso de Ojeda, firmó un asiento con la Corona, según el cual ésta le concedió el permiso de trasladar a 200 hombres a la tierra de “Uicaba i Veragua”.

Vicenta Cortés Alonso señala que en 1506, procedente de Santo Tomé, llegó a Valencia un esclavo de nueve años, llamado Juan Garrido.37 Entre 1513 y 1519, acerca del comercio con La Española, surgen varias escrituras con referencias a un tal Juan Garrido en los libros notariales de Sevilla. Aunque, como veremos, hay pocas posibilidades de que se trate del mismo individuo, no dejaremos de evocarlas a continuación. El 27 de mayo de 1511, en una escritura de la escribanía de Manuel Segura, Fernando de Cantillana, jubetero en Sevilla, collación de Santa María, dio poder a Antón Cansino, maestre de la nao La Guerrera, para que cobrase lo que le debían a Juan Fernández Valiente, Diego Fernández Miruelo, Juan Garrido y Jorge, su compañero, estantes en la isla de La Española.38 Este Juan Garrido se habría aprovechado del comercio de los “géneros de Castilla”, o sea de la ropa procedente de la península que tanto se necesitaba en las Indias. No se precisa la raza de Juan Garrido, aunque el hecho de que sólo se cite el nombre de su compañero, como se estilaba para los negros, podría ser un indicio.

Ahora bien, si damos un salto de seis años, aparecen de nuevo el nombre y el apellido de Juan Garrido, pero esta vez como vecino de Málaga y maestre de la nao La Magdalena que pertenecía a Ginés de Carrión, vecino de Triana. Ambos personajes se obligaron, en una escritura de un libro del escribano Francisco de Castillar con fecha de 19 de noviembre de 1517, a pagar a Juan de Espinosa Salado y a Francisco de Fuentes 360 ducados de oro que éste les había prestado para el abastecimiento y el despacho de la nao para el viaje que estaban preparando con destino a Santo Domingo, Cuba y San Juan de Ulúa.39 Esta nueva circunstancia hace poco verosímil la hipótesis de que este Juan Garrido no se diferenciara del nuestro. Por si fuera poco, el 25 de octubre de 1519, una escritura de la escribanía de Bernal G. Valdesillo evoca un contrato de fletamento entre Juan Garrido, maestre de la nao Sancti Spiritu y el bachiller Álvaro Mohedas para que éste cargue en dicha nao seis esclavos y una caja de vestidos para llevarlos a Santiago de Cuba.40

Al fin y al cabo, no faltaban los Juan Garrido en Sevilla, blancos o negros, lo cual, dejando de lado los problemas de cronología, resta importancia a la seductora hipótesis emitida más arriba según la cual nuestro personaje y João Garrido fueran la misma persona.

1.3.2. Algunas aclaraciones

Las ambiciones de Juan Garrido en el Nuevo Mundo, por supuesto, tenían sus límites. Pero la lectura de la probanza nos convence de que hizo cuanto estuvo en su poder para salir de apuros, participando con ánimo en no pocas expediciones, varias de ellas peligrosas, poniéndose al servicio de grandes conquistadores, a quienes cita con evidente orgullo.

Al lado de Juan Ponce de León, gobernador, o mejor dicho “capitán” de la isla de San Juan de Puerto Rico, participó en todas las actividades de su jefe. A éste, el rey don Fernando le había mandado una Real Cédula, con fecha de 13 de septiembre de 1510, para que tuviera “mucho cuidado en la población de la isla de San Juan y en sacar oro”.41 Las exigencias del conquistador frente a los indígenas suscitaron un levantamiento que justificó las medidas tomadas por la Corona. Ésta mandó a la isla a Juan Cerón como alcalde mayor y a Miguel Díaz de Aux como alguacil mayor, para reducir a los indios alzados.42 Otra cédula del mismo día, o sea de 25 de julio de 1511, exigió de Juan Ponce de León que les entregase las varas de justicia “ayudándoles y favoreciéndoles en la pacificación…”.43 Juan Garrido debió de luchar al lado del conquistador con motivo de la represión.

Pese a la responsabilidad de Ponce de León, no dejó de manifestarle su agradecimiento el soberano, recomendando por ejemplo el 25 de julio de 1511 a Miguel de Pasamonte, tesorero general de Indias, que satisficiese sus nuevas empresas.44 El 24 de diciembre de 1511, se concedió por real provisión a los vecinos y moradores de la isla de San Juan

la facultad y licencia conçedida a todos los que por mandado real vayan a las islas y tierra firme hasta ahora descubiertas o descubrir, para que puedan hacer guerra a los caribes de las islas de Trinidad, San Bernardo, Fuente, las Barbados, Dominica, Matenino, Santa Lucía, San Vicente, la Asunción, Tabaco, Mayo y Barú, y puerto de Cartagena y los puedan cautivar y llevar a las partes e islas que quieran, vender y aprovecharse de ellos sin incurrir a pena alguna ni pagar derechos algunos, con tal que no los vendan ni lleven fuera de las Indias.45

De la probanza de Juan Garrido de 1538 se deduce que acompañó a su protector en esta caza a los indios caribes por las Antillas menores. Pero muy pronto se ordenó a los reales oficiales de La Española que tomasen asiento con Juan Ponce de León para la “población” de “la isla de Biminí”, en realidad La Florida, para la cual tendría que partir antes de un año.46 Se conoce lo que siguió merced a los trabajos evocados más arriba.

Insiste Juan Garrido en su fidelidad a Hernán Cortés, a través de sus tribulaciones que le hicieron conocer “muchas hambres y necesidades”. A cambio, afirma, no le dio “salaryo ny repartimiento de indios ni otra cosa…”. En la pregunta 10 propuso que los testigos confirmasen sus dichos, a saber “que nunca el marques ni otro governador de los que después el an sydo me an dado ni gratificado cosa ninguna a mi ni a mi muger por lo qual padecimos mucha necesidad”.

Ahora bien, a Juan Garrido le atribuyeron pequeños puestos municipales en la nueva ciudad de México, oficios de los más modestos, reservados a menudo después para los negros libres. Poseía por cierto una huerta e incluso un solar en el recinto urbano, pero no le permitían vivir según lo que estimaba ser su rango. El subrayar que no le habían premiado sus servicios con algún “repartimiento de indios” traduce su estado de ánimo: en sus adentros se consideraba tan digno de tal merced como los otros conquistadores, y le dolía la diferencia de trato.47 La probanza hace resaltar la amargura de un hombre defraudado en sus esperanzas, consciente de la ingratitud de los jefes cuando tenía que mantener a una familia.48 Por supuesto, tenían interés los que solicitaban el favor real en dramatizar su situación. Se adivina en este caso que lo que más le hirió a Juan Garrido fue la falta de reconocimiento de su valor, el cual obviamente no se podía poner en tela de juicio, y de su ingenio, sin el cual quizá no se hubiese adaptado tan temprano el trigo al suelo de las Indias occidentales.

Algunas aclaraciones acerca de la vida de Juan Garrido en México se pueden sacar de las actas del cabildo de la ciudad.49 Como sabemos, ya era propietario en 1524 de un solar concedido por los regidores, sito en la calzada de Atacaba, según una referencia del cabildo con fecha de 15 de marzo a una petición de Juan Ochoa de Heralde, a quien se le otorgó un solar colindante con el de Juan Garrido. La calle, que debía quizá su nombre al río Tacubaya, que llevaba a Chapultepec, al suroeste de la ciudad, distaba de ser céntrica. La concesión de dicho solar, o más bien huerta, según actas posteriores, era obviamente una manifestación de agradecimiento por los servicios pasados.50

Unos meses más tarde, o sea, el 5 de agosto de 1524, aparece de nuevo el nombre del negro, con motivo del salario por el cargo de portero del cabildo. Consistía el puesto en llamar a los regidores a sesiones, lo cual corresponde al oficio de pregonero evocado por los estudios citados más arriba, y preparar la sala de reunión. Subía el sueldo a treinta pesos de oro anuales efectivamente, pagados en tres veces, con una deducción de dos pesos por cada día de ausencia.515253