Para mis padres, él allá y ella aquí, con todo mi amor y gratitud. Sabéis que todas mis palabras os pertenecen.

Agradecimientos

La tarea del escritor suele ser vista como una actividad solitaria. En mi caso, sin embargo, no tendría sentido sin el concurso de un enorme número de gente.

Están, en primer lugar, los lectores de mi anterior novela, El heredero de Tartessos. El contacto con ellos, en las sesiones de firma de la Feria del Libro, a través de sus comentarios en mi blog y otros foros virtuales, y en numerosas presentaciones públicas, ha sido una experiencia maravillosa. Siento que he establecido un vínculo indeleble con cada uno de ellos.

Jaime Alejandre, Enrique Baquedano, Lauro Olmo y Alberto Santos han actuado generosamente como presentadores en diversas ocasiones.

Mi gratitud también a toda la comunidad de Hislibris, que me ha proporcionado tanto ánimos como comentarios útiles; en particular a Javier Baonza por su compromiso con la actividad editorial y por haberme introducido en el mundo de los libros digitales, y a Farsalia y Ariodante por sus espléndidas reseñas. Mi colega Javier Pellicer me brindó su talento en una reseña y una entrevista que no dejo de agradecerle.

Manuel Bendala llamó mi atención sobre cómo tanto el carácter helenístico de los príncipes púnicos, como la tendencia a la heroización de los pueblos íberos, contribuyeron a configurar las expresiones de realeza de los Bárquidas en la península Ibérica.

Gracias, sobre todo, a Ángela, por acompañarme con una sonrisa en todos mis avatares; a mis hijos y hermanos por su apoyo incondicional; y a mis intravagantes amigos por seguir ahí, contra viento y marea.

CAPÍTULO IX

—¿Lo ves? En lo alto del cerro, al otro lado del río… Hay un claro en el coscojar, y allí están. ¡Mira, un reflejo metálico! Debe ser un yelmo…

—¡Sí, ahora sí!

Mimbro asintió con entusiasmo mientras se retiraba de los ojos la luz directa del sol poniente poniendo sobre ellos la mano a modo de visera.

Una vez localizado el torreón, ahora lo veía con claridad. Era una sólida construcción de piedra de base cuadrada, muy similar a aquella en la que ellos mismos se encontraban. Sobre la plataforma superior, protegidas por un parapeto almenado, dos figuras tocadas con cascos metálicos se habían detenido y parecían otear en su dirección.

—¿Nos están mirando? —preguntó Mimbro.

—Yo diría que sí —contestó Leitabaros—. Me imagino que se aburren tanto como nosotros, y debe haberles llamado la atención ver aquí arriba más gente de la habitual.

—¿No habéis tenido nunca ningún enfrentamiento directo con ellos? Parecen tan cerca, tan a mano…

—Bueno, nos hostigamos todo lo que pudimos cuando unos y otros construimos las torres después de la guerra, pero desde entonces nada serio. De vez en cuando una patrulla de ellos se acerca al vado y nosotros hacemos una salida para reforzar el puesto de portazgo. Nos lanzamos algunos proyectiles, nos insultamos. Es una forma de tomarnos el pulso, y de mantenernos entretenidos.

Mimbro se asomó y vio que al pie del cerro, junto a la pista polvorienta que ascendía desde el vado, había un edificio de piedra con un enramado sombreando la entrada. Era el puesto donde se controlaba el paso al territorio tributario de Hélike, y se cobraban los derechos de portazgo.

—Dos shekels por cada carreta —señaló Leitabaros al ver el objeto de la atención de Mimbro—, y otro por cada persona y bestia de tiro. Directos a las arcas de Orissón.

El muchacho asintió, satisfecho. Todo aquello le estaba proporcionando un conocimiento extraordinario de su nueva ciudad. La de ese día era la última etapa de un recorrido que les había ocupado todo el final del verano: una cabalgada interminable por montes ásperos y resecos, sufriendo el intenso calor de los mediodías, manteniéndose con una monótona dieta de carne de venado ahumada, queso, higos y tortas de harina de bellota. Ni un solo día se habían detenido a comer o a dormir en posada alguna. Se trataba de un empeño de su hermano, siempre preocupado por el riesgo de que la vida en una ciudad íbera tan opulenta como Hélike terminara por volverlos relajados y acomodaticios: «Somos ólcades, Mimbro, no estamos hechos para estos lujos, no lo olvides», solía decirle. Y si querían añadir variedad a la provisión básica de alimentos que llevaban consigo, debían arreglárselas por el camino. Para ello había sido de gran utilidad la comadreja que llevaba Chadar en una jaula de mimbre. Era aquella una tierra de conejos, mucho más que los fríos montes de los que provenían, y no eran raros los atardeceres en que, tras encontrar un lugar adecuado para acampar, dieran con conejeras propicias para hacerse con una provisión de carne fresca para la cena.

—Ahí lo tienes, Mimbro, la Pira de Amílcar —dijo Gerión, devolviendo su atención al otero con el torreón cartaginés que tenían enfrente. Su hermano le había hablado en íbero, como siempre que estaban entre oretanos, y eso no dejaba de producirle una vaga sensación de extrañeza—. Fue allí, en lo alto de aquel cerro, donde Aníbal ofició los ritos funerarios ante el cadáver de su padre, la noche siguiente a la derrota del ejército púnico y la muerte del Bárquida durante el asalto a Hélike. Dicen que fue un espectáculo que jamás olvidarán quienes lo presenciaron. Millares de soldados púnicos y númidas, libios e itálicos llorando en la noche su vergüenza y su dolor. El propio Aníbal, el Cachorro, como lo llamábamos entonces, jurando venganza ante los dioses…

Fue un día épico, legendario, tocado por la mano refulgente de los dioses, que había convertido en héroes a cuantos guerreros de su pueblo combatieron en él. A Meronio, jefe de su poblado, Cirmo, en el corazón de los Montes Ólcades, y a su propio hermano, Gerión. A Saunio y a tantos otros que tomaron parte en la carga gloriosa que desbarató al ejército púnico ante las murallas de la ciudad, al ritmo terrible de los karnyx. Ariolaco, Eliovices, Tirtanios…, nombres que corrían de boca en boca en las tabernas y alrededor de los fuegos de los pastores, pronunciados con orgullo y reverencia.

Y, por encima de todos, Anglea. Una piedra salida de su honda había acabado con el Bárquida ante los ojos de todo su ejército. La hija de Orissón se cobraba por su propia mano la vida de su enemigo.

Mimbro sintió en el pecho una furia desconsolada que le hizo inspirar largamente y tragar saliva. Hubiera dado cualquier cosa por estar con ellos aquel día, por haber galopado con la espada y la jabalina en las manos, entre los estandartes y los jinetes de su pueblo, por ganar él mismo…

—No tardará en oscurecer —dijo Leitabaros—; espero que os quedéis a compartir con nosotros cena y conversación esta noche. El interior de la torre es muy pequeño, pero bajo las estrellas hay espacio para todos.

Gerión aceptó la invitación y Mimbro se congratuló; no tenía ningún deseo de poner término a aquellas semanas con su hermano, Saunio y Chadar. La vida en una gran ciudad como Hélike le resultaba, una vez transcurrida la exaltada etapa inicial de asombro y curiosidad, un tanto angosta. Lo suyo era esto: los horizontes abiertos, la tranquilizadora familiaridad de la respiración del caballo, la espada tintineando en su funda, la conversación de un puñado de hombres alrededor de un puñado de ascuas tercas, rodeados por el coro del millar de voces con que habla la noche de Ispania.

Descendieron por una escala de madera hasta la planta baja, un cuadrado con suelo de tierra y las paredes enlucidas con arcilla basta. Había una pila de esterillas de mimbre en un rincón; las paredes estaban recorridas por estantes de madera en los que se amontonaban algunos sacos de cereales y legumbres, mantas y objetos de cocina, un par de barriles, escudos y yelmos de repuesto, dos cestas con sendas palomas zureando al unísono. Todo mostraba un orden sobrio y eficiente que había merecido un gesto de aprobación de Gerión a su llegada.

Mimbro entendía ahora hasta qué punto la frecuencia de las rondas de inspección era esencial para mantener a punto el perímetro defensivo de Hélike, constituido por dieciséis torres como aquella, distribuidas en los límites del territorio controlado por la ciudad, a intervalos aproximados de una legua. Cada torre contaba con una guarnición permanente de guerreros al mando de un jefe, y por medio de hogueras o palomas mensajeras podía hacer llegar a Hélike una señal de alerta con gran rapidez si los púnicos emprendieran alguna operación militar de envergadura en la frontera.

Ello exigía mantener con rigor una vigilancia atenta y disciplinada, evitando caer en la engañosa sensación de seguridad que produce la rutina. Y nada contribuía más a ese fin que la frecuente presencia en las atalayas de los capitanes de Hélike. El propio Gerión llevaba a cabo cada año una de esas rondas de inspección y, en esta ocasión, por vez primera, había accedido a llevarlo consigo. Incluso le había permitido portar armas a pesar de no haber cumplido todavía los rituales ólcades para convertirse en guerrero, que le exigían cobrar la cabeza de un lobo, un jabalí o un enemigo. «No olvides que es un requisito que le debes a tus dioses y a tu pueblo», le había dicho entonces su hermano, con esa severidad que le afloraba cada vez que cualquiera, pero en especial él mismo, ponía en cuestión el cumplimiento de las reglas.

Mimbro sacudió la cabeza, pensando en los muchos cambios que la guerra contra Amílcar había traído a sus vidas, y acompañó a los demás al exterior, donde esperaban los siete guerreros que, junto a Leitabaros, completaban la guarnición de la torre. Casi todos ellos eran veteranos del asedio: oretanos que habían buscado refugio en la ciudad cuando el ejército púnico se adentró en la Oretania y que no pudieron volver a sus aldeas y caseríos de origen cuando Asdrúbal, tras la muerte de Amílcar, se apropió del territorio tributario de Hélike al sur del río Táder, estableciendo la frontera precisamente donde ahora se encontraban. Los antiguos refugiados se habían convertido en la espina dorsal del nuevo ejército permanente que había creado Orissón.

Todos acogieron con alegría a los visitantes, porque nada había más valioso que la novedad en una altura remota y apartada como aquella. Dos de los guerreros acompañaron a Chadar cuando este retiró el paño que cubría la jaula atada al lomo de su caballo, y extrajo de ella cautelosamente a su comadreja, como si fuera la criatura más frágil y delicada del mundo, y caminaron con él colina abajo, señalándole unas laderas arenosas próximas, salpicadas de acebuches y retamas.

Mimbro contó con la ayuda de un guerrero joven llamado Netinbeles, de piel cetrina y mirada esquiva, para proporcionar a los caballos agua y forraje, y cuando regresaron ardía ya un fuego en cuyo derredor los guerreros comenzaban a tomar asiento, pasando de mano en mano una jarra de hidromiel. Cuando le llegó el turno, Mimbro la encontró deliciosa: fresca y dulce, pero con un fondo denso, amargo, tal vez de tomillo. Poco a poco había ido aprendiendo a apreciar la bebida: el recorrido por las atalayas era también un recorrido por sus hidromieles. En cada una de ellas se seguía una receta propia: el tipo de miel, el número de días de fermentación al sol, las hierbas y frutos añadidos como aderezo, el recipiente para su conservación; todo ello constituía un secreto guardado con el celo más riguroso. Y, cada vez que un guerrero pasaba por alguna de las torres vecinas, la comparación de las excelencias de las respectivas hidromieles era uno de los temas favoritos de conversación.

Chadar y sus acompañantes no tardaron en volver con tres conejos que desollaron con rapidez y ensartaron en un espetón de hierro dispuesto sobre el fuego. Y cuando la noche terminó de cerrarse a su alrededor, la docena de guerreros al servicio de Hélike, ólcades y oretanos, comían ya tajadas de conejo asado y tortas de harina de bellota, bebían hidromiel y conversaban animadamente.

—Dinos, Gerión —dijo Leitabaros levantando la voz, reclamando el silencio y la atención de los demás—, ¿cómo habéis encontrado las cosas en la frontera? Se dice que los púnicos andan cada vez más inquietos.

Gerión esbozó una sonrisa que le hizo parecer franco y distendido.

—Al norte y al oeste está todo tranquilo —comenzó con voz grave y pausada—. Hemos reforzado las torres próximas a Ilugo y Akra Leuke, pero de momento parece que a los púnicos de Kástulo no les preocupa otra cosa que los minerales de la sierra Oretana. Y controlamos sin contratiempos la vía Heraklea entre Libisosa y Purietine, con puestos de portazgo y atalayas compartidos con los ólcades de Belgeda y Cirmo. Hacia el sur del Táder se ve más movimiento, pero todo él va en la misma dirección: hacia Qart Hadasht. La nueva ciudad de Asdrúbal parece tragárselo todo: metales, cereales, rebaños de ganado y reatas de esclavos. Donde las cosas han estado más revueltas es en la Contestania. El Bárquida ha estado en campaña entre el Táder y el Teitabos, y parece que ha conseguido algunas victorias. Con seguridad Ilorcu ha caído en sus manos: algunos fugitivos han llegado hasta Hélike buscando refugio. Y, si hay que creer los últimos rumores, Ilikias y Loukenton probablemente tengan ya guarnición cartaginesa.

Los guerreros oretanos prorrumpieron en voces de sorpresa y alarma.

—¡Eso es peor de lo que habíamos imaginado! —exclamó Leitabaros—. ¡Ilikias y Loukenton, eso es casi toda la Contestania! Si las cosas siguen por ese camino Hélike no tardará en estar rodeada por los púnicos.

Gerión negó con la cabeza.

—Aún queda mucho para eso. Iaspis, Saltigi y Seitabis siguen resistiendo, y al norte del Sucro hay muchos millares de guerreros edetanos que no serían presa fácil para Asdrúbal. Y el control cartaginés al norte de Ilugo y Kástulo en la Oretania es muy frágil. Apenas si se atreven a ir más allá de unas pocas explotaciones mineras con guarnición militar. A medida que se extienden, los dominios del Bárquida se hacen más vulnerables. Y él lo sabe.

Algunos hombres asintieron y a Mimbro le maravilló una vez más la convicción y confianza que su hermano era capaz de transmitir. Lo observó a la luz cambiante de la hoguera. El largo pelo castaño recogido en trenzas que le caían por los hombros y la espalda; la barba corta, al estilo ólcade. Las cejas gruesas; los ojos sonrientes de color marrón oscuro, casi negro. La nariz recta, la boca grande, de labios gruesos y nítidamente perfilados.

Desde su matrimonio con Anglea, al término de la guerra contra Amílcar, Gerión no había dejado de ver crecer su prestigio entre los oretanos, hasta el punto de convertirse en uno de los principales capitanes de Hélike. Pero se había negado a abandonar su aspecto y atuendo celtíberos, con sus torques, brazaletes y placas pectorales, y mantenía una estrecha relación con sus compatriotas ólcades. Con toda la frecuencia que le era posible acudía a Cirmo, donde aún mantenía la mayor parte de su clan y de sus amigos, aunque desde la primavera pasada el propio Mimbro y la madre de ambos, Larisa, se habían trasladado a vivir a Hélike. Y parecía que no tardaría en seguir sus pasos su hermana Irmán, quien, con su marido Saunio y sus dos niños, pasaba temporadas cada vez más largas en la ciudad de Orissón.

Fue precisamente Saunio quien intervino a continuación. Era uno de esos hombres grandes en los que la cabeza, redonda y menuda, parece no guardar proporción con la generosa fortaleza del resto del cuerpo. Tenía el pelo rubio y lacio atado en una coleta, y unos redondos ojos azules que le daban un aire inocente e infantil. El cuello y los brazos, anchos y esculpidos de músculos y tendones, parecían pertenecer a otra persona muchos años mayor que él. Lucía un único torque de plata en forma de dos serpientes entrelazadas con las cabezas enfrentadas en los extremos, y una falera solar que resultaba empequeñecida sobre la extensión de su pecho. Su íbero era aún un tanto tosco, y estaba lleno de los sonidos ásperos y rotundos de la lengua celtíbera.

—Se diría que Asdrúbal se ha olvidado de nosotros por el momento. Y no es extraño: controlando Kástulo tiene todo el mineral que necesita, sin necesidad de venir a arriesgarse de nuevo a estas sierras. Ólcades y heliketas ya les hemos salido bastante caros; ¡no creo que ningún Bárquida tenga ganas en mucho tiempo de volver a vérselas con nosotros! Y si quiere seguir ganando territorio, las llanuras costeras de la Contestania le ofrecen oportunidades mucho más suculentas.

—Yo no estoy tan seguro —objetó el joven Chadar, retirándose de la frente un mechón de pelo negro—. Creo que el Bárquida es paciente, pero no olvida. Ningún buen general dejaría intacto a un enemigo como Hélike en el costado mientras sigue avanzando. Sencillamente está esperando al momento adecuado para ocuparse de nosotros.

Leitabaros expresó su conformidad asintiendo vigorosamente. Lanzó al fuego un hueso de conejo y se limpió las manos en su túnica.

—Chadar tiene razón. Asdrúbal es el más astuto de los púnicos y no actuará hasta que esté seguro de ganar. Pero eso no significa que haya abandonado la partida.

—Desde luego—convino Gerión—, las cosas están más o menos tranquilas en nuestras fronteras y no esperamos un peligro inminente, pero no me cabe duda de que Asdrúbal está esperando a detectar alguna debilidad por nuestra parte. Por eso es tan importante no mostrar ninguna. Es verdad que es astuto y que no le gusta asumir riesgos, y eso juega a nuestro favor en la medida en que seamos capaces de hacerle ver que disponemos de un poderío militar que le resulte temible…

Gerión concluyó la frase dejando la voz en suspenso, como si se dispusiera a continuar hablando y hubiera cambiado súbitamente de opinión. Todos se dieron cuenta de ello.

—¿Aunque? —inquirió Mimbro, animando a su hermano a formular lo que se había insinuado en su tono de voz.

Gerión suspiró y frunció los labios.

—Aunque otra cosa bien distinta es Aníbal. Él estuvo aquí y sufrió la derrota en su propia carne. Vio morir a su padre y tuvo que entregar a los dioses su cadáver en el otero de ahí enfrente. Yo lo vi aquel día, encaramado en un castillete de madera sobre el lomo de su elefante. —Enarcó las cejas y se frotó el mentón; detrás de las pupilas le bailaron imágenes del pasado—. Recuerdo su mirada, encendida de dolor y de ira… Recuerdo la promesa de venganza en su voz, en los sones de su cuerno de batalla. Tenemos que estar preparados. Será antes o después, mañana o el mes que viene o dentro de un año. Pero el Cachorro volverá a Hélike, de eso estoy seguro.

Se pusieron en marcha cuando el amanecer era aún una luz lechosa que cubría de minúsculas gotas las hojas coriáceas de los chaparros. Era la hora favorita de Gerión, cuando la vida estallaba en los montes como si no pudiera contener ni un instante más la impaciencia rumiada largamente en la quietud de la noche. La claridad del aire vibraba con una algarabía de pájaros y el perfume de la vegetación recién despierta, felizmente ignorante de los calores atroces que habría de traer el mediodía. Hasta la comadreja de Chadar compartía la excitación de la mañana, revolviéndose en su jaula y dejando escapar agudos chillidos.

Acompañados por Leitabaros tomaron la senda que conducía colina abajo, serpenteando por la ladera para ir a reunirse con la carretera principal en el punto en que se encontraba el puesto de control. Estaban llegando a él cuando vieron a dos jinetes adentrarse en el vado desde el lado cartaginés.

Los hombres de Hélike saludaron a los tres guerreros oretanos que hacían guardia en el puesto y quedaron a la espera, sin desmontar, observando a los viajeros dirigirse hacia ellos mientras el sol emergía sobre la Pira de Amílcar, derramando en todas direcciones su incandescencia. Pronto pudieron verlos con todo detalle.

Eran un hombre maduro, con barba y cabello canos, y un joven delgado, de tez pálida y aspecto aniñado. Vestían sayos finos y quitones blancos de aire extranjero. Sus monturas eran magníficas y no parecían llevar consigo mercancías de ningún tipo. Dos distinguidos viajeros cruzando al amanecer el límite del territorio controlado por Cartago para adentrarse en las ásperas sierras de la Oretania.

Despertaron la curiosidad de todos.

Al llegar al chamizo se detuvieron. Parecían sorprendidos por lo numeroso del grupo que los estaba esperando. Acaso habían elegido esa hora tan temprana precisamente para evitar llamar la atención.

Habló el más joven de los dos con una voz clara y firme, pero aguda como un cristal de cuarzo.

—Pedimos paso, nos dirigimos hacia Hélike. Podemos pagar el portazgo.

Leitabaros cruzó una mirada con Gerión y recibió de este un gesto de asentimiento.

—¿Cómo os llamáis y de dónde venís? —preguntó.

—Yo soy Arístides —contestó el joven—. Mi amo es Céryx, noble comerciante de Tarento. Viaja buscando minerales y sabiduría metalúrgica. Y en ello la Oretania es muy reputada.

Arístides hablaba de un modo lento y deliberado, eligiendo con cuidado las palabras, como si el idioma íbero fuera un instrumento que solo recientemente hubiese aprendido a manejar. Tenía un acento duro y nítido, con propensión a acentuar el final de las palabras, que le resultó extraño a Gerión. Tarento… Debían de ser griegos.

—Decís que os dirigís a Hélike —continuó Leitabaros—; ¿cuál es allí vuestro negocio?

Los dos viajeros cruzaron en una lengua desconocida un rápido torrente de palabras. De nuevo habló el muchacho.

—Mi amo quiere abrir una nueva ruta a las comarcas mineras al sur del río Anas[1]. Cree que es algo que con certeza interesará al rey Orissón.

—No veo por qué —objetó Leitabaros—, eso está muy lejos de aquí.

—¿Habéis oído hablar de Sísapo[2]?

—Claro, todos los oretanos hemos oído hablar de Sísapo. Está hacia poniente, más allá de Oreto, no muy lejos de la Lusitania.

—En efecto —corroboró Arístides—. Entonces sabréis también que las rutas por las que se saca el bermellón y la plata de Sísapo van a parar al valle del Betis y, de allí, a Gádir. Mi señor estima que merecería la pena disponer de un trayecto que llevara directamente al mar de Levante.

—¿Y cuál sería ese trayecto? —insistió Leitabaros.

El joven consultó a su amo y este habló en tono adusto, haciendo un terminante gesto de negación.

—Mi señor no dará más detalles hasta que se encuentre en presencia del rey Orissón —explicó Arístides—. Podemos pagar el portazgo y tenemos entendido que esta frontera está abierta al comercio. Tarento está bajo la autoridad de la República Romana, y los tratados entre Roma y Asdrúbal Barca nos autorizan a movernos con libertad por Ispania. Pedimos que se nos dé paso franco.

Leitabaros miró hacia atrás, buscando la conformidad de Gerión. Este hizo avanzar a su caballo hasta que quedó frente al del viajero tarentino. Los dos hombres se escrutaron con detenimiento.

«Bajo la autoridad de la República Romana, pero todo un griego», pensó Gerión. Admiró su equilibrada frialdad, su actitud al mismo tiempo arrogante y cortés. «Un comerciante tarentino y su criado abriéndose camino hacia Sísapo». Enarcó las cejas y sonrió para sí. «Sin duda es una historia que a Orissón le gustará conocer».

—A partir de este punto los tratados de Asdrúbal Barca no tienen vigencia, griego —dijo Gerión—. Lo que os permite el paso es la buena voluntad del rey Orissón. No lo olvidéis.

Dirigió a Leitabaros una señal de aprobación.

—De acuerdo, podéis pasar —dijo este—; el portazgo son cuatro shekels. Al llegar a Hélike debéis presentaros al jefe de la guardia; los guerreros que custodian la puerta de la ciudad os dirán cómo encontrarlo.

Tras escuchar a su sirviente, el griego expresó su conformidad con una breve inclinación de cabeza. A todas luces incómodo por el escrutinio de los guerreros de Hélike, sacó de debajo de la túnica un saquito de piel que llevaba colgado del cuello y extrajo de él cuatro brillantes monedas de plata. Se las entregó a Leitabaros.

Este las examinó con atención. El perfil barbado y con cabellera rizada de Asdrúbal en el anverso, un jinete con lanza en ristre en el reverso. A pesar de exhibir el rostro del enemigo, eran las monedas más apreciadas en Hélike y en toda Ispania. Las célebres minas de plata de Qart Hadasht le proporcionaban a la ceca del Bárquida un metal abundante y de calidad insuperable.

—Adelante, sed bienvenidos. Que Astarté proteja vuestros pasos mientras gocéis de la hospitalidad de Hélike.

Los griegos murmuraron palabras de cortesía y se pusieron en marcha, siguiendo la carretera que conducía al interior de la Oretania.

—¡Viajero! —gritó Gerión en púnico cuando comenzaban a alejarse.

El tarentino detuvo su caballo y se giró.

—Búscame mañana en Hélike. Soy Gerión de Cirmo; pregunta por mí, no te será difícil dar conmigo. Me ocuparé de que puedas contarle a Orissón tus planes sobre Sísapo.

Céryx hizo una nueva inclinación de cabeza. Esbozó con torpeza algo parecido a una sonrisa.

Durante las primeras horas de la mañana cabalgaron hacia el este, siguiendo por su ribera norte el sinuoso curso del Táder, muy parco en caudal a esas alturas del estío. El paisaje, ondulado en gastadas sierras calizas, mostraba a su derecha el monótono telón verdigris de los coscojares salpicados de espino negro y esparto, de tomillo y romero. A la izquierda, la humedad del río producía una cinta, tan densa como exigua, de álamos, juncos y zarzamoras. Había en el aire una fragancia de hierba y campo, espesa e inmóvil.

Paulatinamente el valle fue haciéndose más angosto, encajonado entre pelados riscos de tintes minerales, ocres y cárdenos. Se detuvieron aquí y allá, oteando las alturas al sur del río en busca de señales de presencia enemiga. No vieron nada, no se cruzaron con nadie. Tan solo en ocasiones distinguieron a los griegos en la distancia, ganando una altura o desapareciendo tras una curva del camino.

A medida que se aproximaba el mediodía, el calor se aposentó sobre los montes como un manto denso y silencioso. Se detuvieron para abrevar a los caballos y refrescarse ellos mismos, y a la sombra de un encino comieron un puñado de higos con una reseca rebanada de pan negro. Continuaron cabalgando entre el zumbido de los insectos y los ecos de los cascos rebotando por las paredes de piedra. Hablaban poco, cada uno de ellos sumido en la soledad del viajero, amiga solo de conversar con su dueño.

Poco después del mediodía se apartaron del Táder y tomaron una pista en dirección al norte, adentrándose en la garganta de un riacho que no tardó en dar paso a una extensa hoya rodeada de montes. Toda ella estaba ocupada por una apretada retícula de huertos y tierras de labor: rodales de almendros, algarrobos, higueras y nogales, dispuestos en bancales o separados por líneas de romeros; rastrojos de campos de cereal ya segados; suaves laderas con hileras de matas de garbanzos y lentejas.

A su izquierda, no lejos del camino, divisaron la amplia era comunal de Hélike: las parvas de mieses dispuestas en el suelo en círculo, los cónicos montones de cereal, las brazadas de paja atadas con cordeles, las carretas esperando su turno. En esa hora canicular toda la actividad se había detenido: los campesinos dormitaban a la sombra de toldos improvisados, los bueyes sacudían cansinamente las colas en un intento infructuoso de apartar las nubes de moscas. El calor era un fluido casi visible que parecía ralentizar el movimiento y amortiguar los sonidos.

Gerión se sintió tentado de acercarse a ver si se encontraba allí Anglea. Comprobó la posición del sol en el cielo y desitió: a esa hora su mujer debía encontrarse en casa, descansando después del almuerzo u ocupándose de alguna de sus innumerables tareas.

De pronto sintió que le caía encima, como si llegara disuelto en el calor inclemente, todo el cansancio del viaje: casi una luna de polvo y caminos, de llevar siempre sobre la cabeza el sol y las estrellas, de no tener otra conversación que la de sus compañeros de cabalgada y la de los guerreros ásperos de las atalayas. Lo anegó una urgente, irrefrenable impaciencia por abrazar a Anglea y a los niños. Por sentirse en casa.

Se secó el sudor de la frente y dirigió la mirada hacia el extremo norte de la hoya.

Allí, encaramada a un otero, con sus altas murallas enlucidas de almagre, vibrando en el aire ardiente, como un espejismo, les esperaba Hélike.

[1]. Río Guadiana.

[2]. Almadén (Ciudad Real).

CAPÍTULO X

Abre los ojos, sin saber por qué, con un atisbo de sobresalto. Pasea la mirada por la penumbra de la habitación. El sol se cuela por la persiana de juncos deshecho en estrechos haces paralelos de luz dorada. Una perezosa nube de partículas de polvo se ilumina intermitentemente al flotar con lentitud entre ellos. «Vaya, me he dormido de veras». No lo pretendía. Tan solo cerrar los ojos un momento, una cabezada, un respiro después de toda la mañana en la era, antes de empezar a pensar en la cena, con un invitado al que agasajar. Menos mal que están Larima e Irmán, que echan una mano en todo. Y Galduriaunin, la novicia, aunque con la pubertad le ha llegado una confusión que la tiene siempre con la cabeza en otro sitio. Y Estereia, que a pesar de su edad hace lo que puede. Nota un bulto cálido y menudo a su lado, respirando acompasadamente. Es Adara. Presta atención y escucha las voces amortiguadas de Casindes y Gé. Es imposible conseguir que descansen un rato después del almuerzo. Ha de conformarse con que se queden a la sombra en la galería del patio, enzarzados en alguna de sus interminables conversaciones. «Debe de ser muy tarde». Sabe que debe levantarse pero apura todavía, dejándose llevar. La vida es dulce y pacífica en momentos como ese…

Un instante después, un grito deshizo el silencio somnoliento de la tarde.

—¡Padre! —gritaron casi al tiempo Casindes y el pequeño Gé, poniéndose en pie de un salto y echando a correr hacia la entrada—. ¡Padre, has vuelto!

Gerión sonrió, entregó la rienda del caballo a Mimbro y se inclinó para recoger en sus brazos a los dos niños que llegaban corriendo hacia él.

—Pues sí, he vuelto, y también vuestros tíos, a quienes aún no os he oído saludar. —Miró a los niños con una ancha sonrisa mientras estos se apresuraban a repetir la bienvenida—. ¡Por Epona, cuánto pesáis, estáis enormes; ni que hubiera estado fuera un año entero!

Volvió a dejar a los niños en el suelo y miró a su alrededor. El patio encalado resultaba cegador a esa primera hora de la tarde. El sol componía una afilada secuencia de luces y sombras, delineando las formas como si emergieran de una plancha de metal incandescente. El brocal del pozo, las columnas de madera sosteniendo la galería del piso superior, los aperos de labranza apoyados contra el muro. Y, ocupando la pared del fondo, los espacios para los animales: un establo cubierto por una tenada de manojos de sarmiento, un gallinero y una pocilga que extendían por el patio un pungente olor a estiércol y paja fermentada.

Aquel era el centro de la casa de Orissón; todas las habitaciones abrían a él sus puertas, tanto en la planta baja, dedicada a los espacios comunes y de servicio, como en la superior, donde se encontraban los dormitorios. Y algunas de ellas empezaban a abrirse, respondiendo curiosas a los gritos de los niños.

Aunque fuesen casi inaudibles, reconoció los pasos de Anglea bajando por la escalera de madera.

Fue a su encuentro. Sintió un alivio casi físico al tomar su rostro entre las manos y sumergirse en la profundidad de sus ojos verdes.

Se sonrieron, extinguiendo de ese modo, en un instante, las horas de añoranza condensadas a lo largo de semanas de ausencia. Se besaron, mientras a sus espaldas Casindes y Gé los miraban con la boca abierta, con esa azorada sorpresa que muestran los niños ante el amor de los adultos.

No tardaron en aparece Larima e Irmán, con los mellizos Ario y Ceriobeles gateando tras ellas, y el propio Orissón, con el pelo cano revuelto y una pátina de somnolencia en las pupilas. Gerión sintió crecer su impaciencia mientras se prolongaban los saludos y, por último, prefirió dejar que fueran sus compañeros de viaje quienes dieran noticia de los acontecimientos de aquellos días. Tomando a Anglea de la mano, se escabulló escaleras arriba.

La penumbra del dormitorio latía al ritmo de la respiración de la pequeña Adara. Gerión la tomó en sus brazos y la llevó a su cuna, al pie del ventanuco, admirándose de cómo había crecido durante su ausencia.

Se volvió y vio que Anglea ya lo esperaba, con los ojos brillantes y el cuerpo tendido, oliendo a tierra húmeda y secretos. Se tumbó junto a ella y el contacto de su piel le produjo un estremecimiento y un deseo irresistible de abandonarse a su perfume. La estrechó entre sus brazos y sus piernas, se entrelazó con ella, tratando de disolver ambos cuerpos en una sola masa trémula.

La respiró sin prisa, recorriendo con los labios su cuello, sus axilas, el espacio entre sus pechos, su pubis. Sintió que no tenía, que nunca había tenido, otro hogar que aquel tibio territorio que lo llamaba con su lenguaje de promesas y asombro.

Buscó el centro de ella y ambos pronunciaron un suspiro. Comenzaron su danza, al punto bañados en sudor, agitando a su alrededor, en lentas circunvoluciones, los remolinos de brillantes partículas de polvo.

Solo Anglea advirtió que habían acompasado su movimiento a la cadencia de la respiración de Adara.

Había sido una tarde magnífica. A medida que el sol dejaba resbalar por el cielo su incandescencia y la sombra se extendía como un bálsamo por el pavimento del patio, se habían sucedido encuentros y relatos, mientras todos participaban de algún modo en los preparativos del festejo. Habían dispuesto mesas y asientos en la parte delantera del patio, junto al brocal del pozo, y preparado una inmoderada cantidad de comida, incluyendo un lechón, asado sin prisa en el espetón, cuyo aroma a tomillo, romero y manteca había ocupado todos los rincones de la densa quietud de la tarde.

Y ahora, cuando el azul del cielo comenzaba a teñirse de violeta y las salamanquesas salían de sus escondrijos para comenzar su vigilia en las templadas paredes, blancas de cal, todos ocuparon sus asientos y fijaron su atención en él.

Orissón recorrió con su mirada la de todos ellos, uno tras otro, con un lento y afectuoso detenimiento. A su izquierda Gerión y Anglea, Saunio e Irmán, con el brillo exhausto y feliz del reencuentro en la tez y las pupilas. Asomándose entre ellos, riente y expectante, bullía ese puñado de niños que casi cada año se hacía más numeroso. Asintió como si respondiera a alguna pregunta que él mismo se hubiera formulado y les dirigió una benévola sonrisa. Más allá estaba Larima, con esa serena luminosidad suya que bastaba para tornar confortables los espacios que ocupaba. A la derecha lo observaban su cuñado Enneges, único hermano varón de su difunta esposa Casindes, y su amigo Abarien, imprescindible siempre que hubiera que tratar asuntos de relevancia para la ciudad. A continuación el joven Mimbro, aún sorprendido de cuanto veía a su alrededor, con la mirada inquieta saltando de acá para allá, y su propio hijo menor, Argonio, con su acostumbrado aire adusto y circunspecto.

Y en el otro extremo de la mesa, frente a él, su cuñado Nereildun. Era grande y grueso, con una densa melena de pelo negro entreverado de canas, sujeta con una cinta de color añil. Tenía el rostro algo hinchado, con un rasurado tan cuidado que le hacía parecer barbilampiño; la tez olivácea; los ojos castaños ligeramente rasgados; los labios finos, de una palidez exangüe. Vestía una túnica blanca de lino, ribeteada de añil en las mangas y el cuello. Transmitía una impresión de elegancia llevada sin naturalidad, como si confiara a otros su aspecto personal, y de confiada opulencia, con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la mesa, sonriendo hasta dejar al descubierto una hilera de dientes amarillentos e irregulares.

Orissón hizo un gesto y la anciana Estereia se acercó renqueante con una fuente de cerámica en las manos, seguida por la atenta mirada de todos, como si temieran verla tropezar a cada paso.

El rey de Hélike observó con detenimiento la carne humeante contenida en la bandeja. Seleccionó la porción que le parecía más apetitosa y la colocó en un plato que llevó a continuación, sosteniéndolo ante sí como si se tratara de una ofrenda, hasta su invitado.

—Hermano Nereildun —dijo con afable solemnidad—, sé bienvenido a esta casa, confiada a la celosa protección de Astarté. Que ella guarde aquí tu vigilia y tu sueño como guarda el nuestro. Que nos ayude a retribuirte con venturas la felicidad que nos traes y el honor que nos haces.

—Recibe por ello mi gratitud y la de todo mi clan, hermano Orissón —dijo Nereildun, recibiendo el plato puesto en pie—. Que Astarté siga favoreciéndoos con su providencia y que os muestre el camino hasta nuestro hogar para que vuestra hospitalidad reciba en reciprocidad el homenaje de la nuestra. Nada haría más feliz a tu hermana Asterdumar y a todos los de mi sangre.

Orissón se llevó la mano al pecho, asintió con la cabeza y se giró hacia su hija.

—Anglea, ¿querrás hacer la libación a la diosa?

—Claro, padre —respondió esta. Aunque sus obligaciones la obligaban a compartir cada vez más los ritos del templo con la novicia Galduriaunin y algunas mujeres devotas, seguía atendiendo el servicio a la diosa con una unción íntima y apasionada. Toda la ciudad le atribuía una capacidad taumatúrgica de entrar en comunicación con la diosa que hacía de ella, a su pesar, casi un objeto de veneración.

Tomó de la mesa una copa ancha y poco profunda, con doble asa, decorada con figuras de aves y plantas, y vertió en ella vino de una jarra de plata. Se puso en pie y extendió las manos con las palmas hacia arriba. Inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y comenzó a hablar.

—Bendita seas entre todos los dioses, Astarté antigua y fecunda, señora de los vivos y los muertos, protectora de los nobles caballos, de los campos ubérrimos y del metal que nace del fuego. Bendita seas, diosa que todo lo puede, acepta nuestra ofrenda y danos tu protección y tu guía.

Tomó la copa y se mojó los labios con el vino. Después arrojó por encima de su hombro el resto del líquido. Abrió los ojos y durante un instante pareció desorientada, como si regresara de algún lugar lejano.

—Gracias, hija —dijo Orissón, poniendo brevemente su mano en el hombro de ella al volver a su lugar en la mesa—. Hemos pedido la bendición de los dioses y satisfecho la cortesía entre los hombres. Comamos pues, y bebamos, y hagamos que esta sea una noche para recordar entre las más felices.

Así dio comienzo el festín.

Comieron lo mejor que podía ofrecer la Oretania: codornices hervidas en vinagre, huevos de gallina cocidos cubiertos de miel, sesos de cordero fritos en manteca, quesos de Ipolka y ciruelas pasas de Curris, ensalada de pepino y garbanzos. Y la carne del lechón aderezada con garo, una salsa de sabor intenso y picante, hecha con restos de pescado macerados en salmuera, que se producía en la costa y era cada vez más apreciada en Gadir, Qart Hadasht y Cartago, e incluso, por lo que se decía, en la propia Roma. Todo un lujo extraordinario que, por sí solo, ponía de manifiesto el estatus de la casa y la mesa de Orissón. Bebieron cerveza, hidromiel, y vino de Oreto servido en la copa del ritual, que tras ser bendecida por Anglea había comenzado a pasar de mano en mano.

Orissón no tardó en llevar la conversación al motivo de la visita del edetano. Y a sus propias preocupaciones.

—Cuéntanos, Nereildun, ¿habéis completado ya los preparativos de la ceremonia? Confío en que las últimas operaciones militares de Asdrúbal no os hayan traído contratiempos. Nos han llegado noticias que nos han dejado perplejos y consternados: ¿es cierto que la mayor parte de la Contestania ha caído en sus manos? Las noticias que corren por los caminos han llegado incluso a hacernos temer por Edeta.

Nereildun soltó una risotada breve y abrupta.

—¡Por las barbas de Melqart, Orissón, qué ocurrencia! Edeta está tan segura como siempre. Es cierto que Ilici y Loukenton, y con ellas todo el sur de la Contestania, se han rendido al Bárquida, pero Seitabis parece dispuesta a resistir mucho tiempo aún, y ningún soldado púnico se ha dejado ver todavía hacia Iaspis o Saltigi. Y, si Asdrúbal consiguiera hacerse con todo eso y llegar al Sucro, aún le separarían quince leguas de Edeta. En todo caso, no te inquietes: el ejército cartaginés ha regresado ya a sus cuarteles de Qart Hadasht, así que durante los próximos meses todo estará tranquilo.

Orissón hizo un gesto ambiguo, como si albergara sus dudas pero no quisiera ser descortés con su huésped expresándolas en voz alta.

—Además —continuó Nereildun en tono despreocupado y jovial—, estoy seguro de que Asdrúbal preferiría tenernos como aliados que como enemigos, en especial ante un eventual enfrentamiento contra Arse. Ya conocéis la influencia de los griegos en la ciudad y la inclinación a favor de Roma de la mayor parte de los nobles arsetanos…

—Se dice que han enviado una embajada a Roma —interrumpió Abarien, sin alzar la mirada del costillar de lechón que sostenía en las manos.

—Se dice —convino Nereildun—, y creo que es cierto. Dado que los intereses de Edeta y de Arse son contrarios por entero, y que nuestras malas relaciones son notorias, me parece más probable que los cartagineses nos cortejen a que nos ataquen.

Se hizo un silencio durante el que todos parecieron ponderar con alguna incomodidad las palabras del edetano.

—Tío Nereildun —dijo Anglea, con el tono de quien busca un modo de cambiar de tema—; siendo como dices, tal vez Edeta quede en situación de vender sus productos a Qart Hadasht en condiciones ventajosas…

—Eso creo, Anglea. Una vez las cosas se apacigüen en la Contestania, estoy convencido de que podremos obtener grandes beneficios comerciando con los cartagineses. Tienen necesidades casi ilimitadas de todo lo que se pueda imaginar: hierro y estaño para sus astilleros y armerías, lino y esparto para hacer sogas y velámenes, lana y cuero, esclavos para las minas de plata, aceite y vino, caballos, ganado de carne y tiro…

El edetano hizo una pausa para recobrar el aliento y tomar la copa de vino que le ofrecía Larima. La mujer era la encargada de aderezar el vino con una especie diferente cada vez que se servía una nueva ronda.

Nereildun hizo un gesto de aprobación al percibir en el vino el aroma de la menta.

Anglea carraspeó y la mirada de su padre se cruzó con la suya.

—Ganado… —repitió este—. Eso es algo que nosotros tenemos en abundancia. Y no es difícil de transportar…

Nereildun rió de nuevo.

—¡Qué interesante! Se diría que tienes algún negocio rondándote la cabeza.

—Pudiera ser. Mirad —dijo Orissón, extendiendo las manos ante sí como si desplegara un mapa en el aire—: es posible trazar una ruta segura saliendo de Hélike hacia el norte, hasta los vados de Purietine, y desde allí hacia Edeta siguiendo la ribera izquierda del Sucro. Si los rebaños cuentan con protección de guerreros de las dos ciudades, no deberíamos temer nada. Los contestanos bastante tienen con Asdrúbal y no creo que estén en condiciones de buscarse más problemas. Y los turboletas son unos bandidos de poca monta que no se atreverán a enfrentarse al mismo tiempo a Edeta y Hélike.

—Esto sí que es una coincidencia —intervino Gerión—. Aún no había tenido tiempo de comentártelo, Orissón. El caso es que esta mañana hemos conocido a dos viajeros en el puesto de portazgo del vado de la Pira de Amílcar. Un hombre de edad y un joven que le servía de intérprete, ambos griegos, con aspecto acomodado. Dijeron ser comerciantes de Tarento que venían a Hélike a proponerte un plan para… —titubeó un instante, reacio a ser demasiado explícito ante Nereildun. Había conocido al edetano esa misma tarde, y a pesar de su carácter jovial, había algo en él, vago e impreciso, que lo movía a ser cauteloso.

—¿Para…? —inquirió Orissón, invitándole a continuar.

—Para abrir una nueva ruta comercial hacia el mar de Levante. Minerales…

Nereildun prorrumpió en una risa estruendosa que irritó a Gerión. Le pasó por la cabeza que cuando un hombre ríe antes de pronunciar cada frase es que se desliza hacia la ebriedad o tiene algo que ocultar. O ambas cosas.